Reflector Mundial

El siglo de Asia

Ignacio Pareja Amador

En el ambiente académico es cada vez más común escuchar que el siglo XXI será el siglo de Asia. El potencial demográfico y por ende económico de la región ha coincidido con el avance en materia de salud, educación y reducción de la pobreza, con lo cual puede aseverarse que gran parte de la dinámica económica del mundo se situará en el hemisferio oriental, principalmente en la región que comprende Asia-Pacífico.

 

Sin embargo, no todas las voces apoyan este argumento, algunos académicos como el inglés Michael Cox, afirman que Asia ya es un importante actor, pero que en los años posteriores países como EE UU y los ricos europeos seguirán delineando las políticas mundiales, ya que hoy en día la economía constituye solamente una variable de la ecuación del poder, siendo aún más determinante la fuerza militar y las alianzas estratégicas.

 

Incluso se intuye que no puede considerarse que el siglo XXI será el siglo de Asia, porque existe gran ambigüedad en la definición de este continente como región. En otras palabras, más allá de la concepción occidental, que define a Asia como un área geográfica determinada, en los países asiáticos existe una amplia diversidad étnica e histórica (diferencias en lenguajes, religión, tradiciones, cultura) que complica la tarea de aglomerar a un grupo de países como una sola región.

 

Ante esta disyuntiva, el académico singapurense Kishore Mahbubani sostiene que hay tres escenarios para entender el nuevo rol que jugarán los países asiáticos en el sistema internacional: 1) la marcha a la modernidad, 2) el repliegue en fortalezas de los países europeos y 3) el llamado “triunfalismo occidental”.

 

El primer escenario se centra en el potencial de los países asiáticos como consecuencia de sus ventajas demográficas, con un amplio porcentaje y volumen de jóvenes, que viven en mejores condiciones socioeconómicas; accediendo a mejor educación, salud y vivienda. Estas cualidades hacen de Asia un destino potencial para la inversión productiva y para el establecimiento de amplios mercados, sostenidos por una clase media que aumenta de manera constante en países como China e India.

 

Un ejemplo del gran dinamismo asiático se puede apreciar en las nuevas ciudades en China, Corea del Sur o Singapur, cuya infraestructura urbana está muy por encima de lo que puede encontrarse en la mayoría de países occidentales.

 

El segundo escenario, el repliegue a las fortalezas, se refiere al declive de la Unión Europea, que ha decidido “cerrarse” en diversas áreas económicas, como en el caso del sector primario, contradiciendo los principios del libre mercado. Este sentido proteccionista tiene un alto costo económico para los ciudadanos europeos, pero es una estrategia de contención del gobierno de la UE para defender a sus productores locales, pues con ello evaden de forma momentánea una de las grandes verdades del libre comercio: donde hay ganadores (productores más eficientes, con menores costos y mayor productividad, etc.) siempre habrá perdedores (aquellos que incapaces de adaptarse a las necesidades del mercado, que por ende desaparecen).

 

El tercer escenario se refiere al triunfalismo occidental, en el que se alega que valores como el libre comercio o la democracia serán los comunes denominadores del mundo futuro. Este escenario es engañoso, pues si bien los países asiáticos han aplicado reformas económicas para ampliar su competitividad y aprovechar las ventajas del comercio internacional, estas naciones no han reformado sus sistemas políticos, no tienen gran interés por convertirse en democracias.

 

Una de las razones que explican esta situación es la jerarquía valorativa de los pueblos asiáticos. Mientras que en los países occidentales el valor primordial es la libertad, esto es la capacidad para decidir de manera individual, evitando a toda costa escenarios de autoritarismo o totalitarismo, en Asia la libertad se percibe como una condición de orden para desarrollar las actividades cotidianas, esto es, se busca prevenir el caos y la anarquía, por lo que los ciudadanos toleran fuertes instituciones gubernamentales con amplia capacidad de influencia en su vida diaria. La estabilidad es su valor superior.

 

Conversando con la Maestra en Políticas Públicas Qianjin Zhang pude constatar otro valor que será determinante para la conquista de Asia del siglo XXI: la apuesta intergeneracional en favor de la educación. En países como China es común observar que los padres inviertan grandes sumas de dinero y tiempo con el fin de que sus hijos estudien en las mejores universidades del país o en el extranjero, el objetivo es que las nuevas generaciones asciendan en la escala social. El bienestar presente de los padres se convierte entonces en el bienestar futuro de sus hijos, una apuesta donde ganan las familias y por ende el país.

 

 

No tengo duda de que Asia está despertando y que muchas de sus potencialidades se materializarán en forma de poder (político-diplomático, económico, científico, cultural, etc.). Binomios como estabilidad-desarrollo económico, educación-competitividad, sacrificio presente-bienestar futuro, son lecciones que bien pueden aprenderse en América Latina, donde carecemos de dirección para resolver las disyuntivas que verdaderamente importan, seguimos dormidos entre problemas que tienen que ver más con el egoísmo individual que con el desarrollo, mientras que los dragones asiáticos están despertando, conquistando un siglo, dejando a América Latina en el olvido.