Indice Político

Salinas, el debate pendiente

Francisco Rodríguez

Teóricos y estudiosos serios de la Revolución Mexicana sostienen que el millón de muertos en el proceso armado fue otro de los mitos fundadores. Dicen que no pasaron de 150 mil.

 

Es un afirmación muy apegada a la realidad. Realmente, el hecho de armas de la Batalla de Celaya --que todo mundo reconoce fue la más encarnizada-- produjo no más de cinco mil muertos.

 

Los demás fueron enfrentamientos medianos y pequeños en comparación con esa sangría que definió el triunfo de las estrategias de armas de gran calado de Obregón frente a la valentía a caballo de los Dorados de Villa.

 

Por ello, sacando cuentas reales, muchos investigadores nacionales y extranjeros se atreven a afirmar que la cantidad de cadáveres de la etapa más sangrienta de nuestra historia, apenas superó en muertos a la villanía de Felipe Calderón.

 

‎Datos conservadores sostienen que la "declaración de guerra" al narco del panista beodo --que así cumplió su "palabra" empeñada al gabacho para que apoyaran su candidatura en el 2006-- abrió el vergonzoso escenario.

 

La confrontación armada desatada por el enano de Morelia, vestido de general de cinco estrellas y bajo un uniforme de campaña que lo hacía parecerse a Tontín,‎ reportó una cifra cercana a 100 mil muertos, decapitados, baleados, desmembrados, ahorcados en el territorio nacional.

 

La infeliz llegada de los panistas‎ al poder huele más a concesión y complicidad que a méritos propios. Sabe más a abandono de las responsabilidades del Estado que a reclamo popular por transición democrática.

 

El discurso ideológico de la Revolución Mexicana se quebró de un solo plumazo: la firma en 1986 del ingreso al Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT). La liberalización del comercio, la elevación al 70% de las importaciones que ya no requerían de ningún permiso previo.

 

En medio de descalificaciones norteamericanas que cuestionaron la viabilidad del sistema político, a causa de --decían ellos-- el narcotráfico, la corrupción y la ineptitud del gobierno mexicano, la firma consolidó al libre mercado.

 

A partir de ahí, la "vuelta de tuerca" a las políticas de industrialización y sustitución de importaciones puestas en práctica desde los veintes del siglo anterior, enmarcadas en el sonsonete del "crecimiento hacia adentro"‎, para pasar a la "promoción de exportaciones".

 

Es decir, pasar a las políticas de privilegio de un reducido grupo de industriales --pues el apoyo a los productores agrícolas fue negado-- de "calidad mundial", casi siempre testaferros de foráneos para enriquecerse y empezar a formar el "club del uno por ciento" que acapara el ingreso y la riqueza.

 

Desapareció la rectoría del Estado

 

Decían que, forzados por la crisis de las finanzas públicas de 1982 (cuando los grandes financieros internacionales exigieron el pago total de sus pagarés a los jodidos) se retiró el Estado del escenario.

 

Se plegó el Estado a las exigencias de los prestamistas y se retiró totalmente de la producción para dejar el mercado a la iniciativa privada nacional y extranjera, así como todas las decisiones en la asignación de recursos productivos.

 

A partir de ahí, la rectoría del Estado --defendida furiosamente en los actos demagógicos de nacionalización de la banca en '82--‎ y sus planes de desarrollo se convirtieron en cuestiones del pasado revolucionario.

 

Los discursos nostálgicos de la Revolución se convirtieron en una mera formalidad institucional de la burocracia ilustrada. La estrategia del crecimiento giró en torno de abrir la economía para que el libre juego de las fuerzas del mercado "condujera al país hacia el desarrollo".

 

‎El día que se firmó el Acta de Adhesión al GATT, el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios, la Concamin, la Concanaco, la Coparmex y la Asociación Nacional de Importadores y Exportadores (ANIERM) echaron las campanas a vuelo.

 

En un afán inusual para apoyar los actos de gobierno, declararon que‎ "el libre comercio forzará a la planta productiva a volverse más eficiente y competitiva internacionalmente... lo que traerá grandes beneficios al pueblo...".

 

La Canacintra se opuso tímidamente, ya que entre sus miembros de peso contaba con numerosos industriales pequeños y medianos que, a partir de ahí, verían disminuir su tamaño. Sólo se les había utilizado para crear el rimbombante Consejo Económico Empresarial.

 

El 18 de marzo de 1980 --día de la Expropiación Petrolera-‎- en un arrebato demagógico, JLP anunció la "decisión de posponer indefinidamente el ingreso al GATT" (a pesar de que un año antes había firmado la Carta de Intención del ingreso).

 

La idea era ser el "último presidente de la Revolución"- Entonces, anunció la creación del Sistema Alimentario Mexicano.

 

Subsidiar al productor agrícola para buscar la autosuficiencia alimentaria (los ingresos petroleros permitían ése y muchos más desplantes lopezportillistas), todo fue agua de borrajas, aunque en el fondo, el planteamiento era magnífico.

 

Le sirvieron el país en plato a CSG y secuaces

 

El Acuerdo del 23 de diciembre de 1982 firmado entre el gobierno --o lo que de él quedaba-- y el FMI, a cambio de protección financiera ante la gran exigencia de ellos mismos, incluyó la "racionalización del sistema de protección industrial y productiva, para reducir su grado y liberar las importaciones", lo que significó la muerte del proceso revolucionario.

 

‎A partir de ahí, el Estado de los abogados, desvalido, volteó hacia todos lados y se encontró con que los artífices de los nuevos tratos habían sido los economistas educados en Harvard, asesorados por los espías internacionales.

 

Como todos rodeaban a Miguel de la Madrid, se les entregó el poder. Arribaron Carlos de México y Joseph Córdoba, como su gran asesor áulico.

 

A partir de ahí creció el contrabando, el desempleo, el comercio informal y la pobreza en general. Se perdieron las bases económicas del sistema político mexicano y los equilibrios internos, los que hubieran sido.

 

En el PAN se fortaleció la corriente empresarial de Manuel Clouthier, un egresado del Consejo Económico Empresarial, y en el PRI la Corriente Democrática de Cuauhtémoc Cárdenas.

 

Un poco antes de concluir el sexenio pri-panista de Miguel de la Madrid, el 15 de abril de 1987, la Organización Mundial de Comercio, un órgano más agresivo, sustituyó al GATT (Seis años después Salinas se apuntó, infructuosamente, para presidirlo).

 

Como por arte de magia, los economistas harvardianos se abocaron en cuerpo y alma a armar el pomposo Foro Empresarial Iberoamericano celebrado en México. En el mismo, todas las organizaciones empresariales sostuvieron el fracaso de la intervención del Estado en la economía.

 

De paso, pusieron las bases para desmantelar el Estado.

 

Actualmente, ya no se puede intentar regresar al planteamiento de fortalecer a los productores agrícolas, producir excedentes para financiar a la industria y robustecer el sector servicios.

 

El margen presupuestal que sobra para hacerlo es menor a la cifra más ínfima que se requiera sólo para intentarlo. Se acabaron todo lo que había. No dejaron absolutamente nada.

 

El plato fue servido para Carlos Salinas y sus secuaces.‎

 

Nadie tiene derecho a apelar al olvido.

 

Si a alguien se traicionó fue al pueblo de México.

 

¿Lo hicieron por vocación de traidores o por ignorancia?

 

Ese es el debate pendiente.