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El legado de la corrupción

Ignacio Pareja Amador

Alguna vez, un presidente dijo que la corrupción era un problema cultural en México. Desconozco si su objetivo era explicar de manera amplia la complejidad detrás de este fenómeno social, o simplemente quería justificar el poco avance que ha tenido su administración para acabar con este mal, que en efecto tiene fuertes raíces culturales.

 

Desde la perspectiva de la población, la corrupción es el tercer mayor problema de México, solamente detrás de la inseguridad y el desempleo. Existe vasta evidencia sobre los efectos negativos de la corrupción. De acuerdo con diversas estimaciones, tanto nacionales como internacionales, la corrupción en 2014 tuvo un costo de entre 2% y 9% del PIB, una suma considerable si tomamos en cuenta que México posee la décimo primera economía más grande del mundo.

 

Sencillamente, 9 de cada 10 mexicanos consideran que el sector público es altamente corrupto, teniendo evidencia de primera mano. En 2010, la corrupción (vía sobornos) costó en promedio un 14% de los ingresos en los hogares mexicanos, un costo que se incrementa casi al triple (33%) en aquellos hogares que viven con menos de un salario mínimo por día.

 

Entre 2008 y 2014 México cayó 31 lugares en el Índice de Percepción de la Corrupción que elabora Transparencia Internacional. En 2014, nuestro país ocupó el lugar número 103, de 175 países evaluados, con una calificación de 35 puntos de 100.

 

Los mexicanos no creen que exista una intención real de combatir la corrupción, y no están tan lejos de la realidad. Transparencia Internacional ha calificado como “pequeños” los esfuerzos del gobierno mexicano en el cumplimiento de los objetivos de la Convención Anti-sobornos de la OCDE.

 

El ultimo esfuerzo de combate a la corrupción, el llamado Sistema Nacional Anticorrupción, aparece como una panacea que en vez combatir directamente a la corrupción, mediante la creación de una organización descentralizada y autónoma, genera una compleja red de organizaciones que en coordinación combatirán –idealmente- los actos de corrupción.

 

En un país donde la legalidad es una cuestión relativa y la impunidad es una variable constante, es difícil creer que desde la ley vendrá un cambio, sobre todo cuando dicha ley ha sido diseñada por aquellos que conocen los atajos legales, quienes son los grandes culpables y se dicen los grandes salvadores de México: los malos políticos.

 

Si queremos realmente combatir la corrupción, tenemos que aceptarla como una institución indeseable en México. Diversos episodios en nuestra historia dan muestra de la manera en la que se “arreglaban” y “agilizaban” las cosas en otros años. Incluso, desde tiempos de la colonia, la corrupción era usada para comprar posiciones dentro de la administración pública o para compensar los bajos salarios en el gobierno. 

 

Parece poco cuestionable que uno de los grandes periodos en los que floreció la corrupción en México fue la adopción de un Modelo de desarrollo de corte neoliberal, donde ciertos grupos se beneficiaron ampliamente de las privatizaciones y de la reducción del estado mexicano. Lo malo de la liberalización de la economía mexicana fue que no vino acompañada por una fuerte transformación en las estructuras institucionales; no fortalecimos los contrapesos a los poderes políticos y económicos, no se previó que a mayor riqueza abrían mayores incentivos para los corruptos.

 

Pero este no es un problema solo de México, ocurrió en la mayoría de países en desarrollo que se convirtieron en economías “abiertas” y “democráticas”, pasó en América Latina, en África y en Asia, todo con un mismo patrón. Cuando se implementa el modelo neoliberal, ante la debilidad institucional, la corrupción traducida en amiguismo, tráfico de influencias, clientelismo, etc., invadió los espacios que idealmente el mercado, a través de instituciones de confianza (licitaciones abiertas, competencia libre, etc.) tenía que ocupar.

 

Definir qué se entiende en el país por corrupción, tipificarla claramente, atenderla desde un órgano independiente e imparcial, educar a las nuevas generaciones para que la eviten, sancionar a actores corruptos (pese a su peso político o económico) serían señales serias para que los mexicanos creamos que existe una verdadera intención por combatir a la corrupción. Propuestas de solución tecnocráticas, complejas, dependientes de la voluntad política, solo son  respuestas virtuales para atender la inmediatez, no para resolver un problema que ya no toleramos la mayoría de los mexicanos.

 

Fuentes de información:

 

•           Casar, M 2015, México: Anatomía de la corrupción, CIDE & IMCO, Mexico.

•           Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental ENCIG 2013. 

•           Transparencia Internacional, Índice de percepción de la corrupción 2014.

 

 

Twitter: @Nacho_Amador

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