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Puebla, aún lejos de la ciudadanía esperada

Tonatiuh Muñoz Aguilar

A diferencia de lo que ocurre en el DF, donde una buena parte de la sociedad ha trepado al tercer piso de la conciencia ciudadana, en Puebla todavía existe una enorme distancia respecto a participación, activismo y exigencia hacia las autoridades.

 

Para muestra un botón: mientras en la capital de la república, el anuncio de un corredor a desnivel por Avenida Chapultepec ha motivado una consulta pública, en la ciudad de Puebla la remodelación del Puente 475 genera desinterés, apatía, o en el peor de los casos reacciones políticas, como las de aquellos medios que con ánimo golpista se han dedicado a dar difusión a los conflictos de tráfico que forzosamente generará esta obra.

 

Los contextos de Puebla y el DF son distintos. De entrada, la remodelación del 475 es necesaria por el enorme caos vial que genera el paso a desnivel fallido de Enrique Doger Guerrero. Mientras que en la capital, la construcción de un corredor turístico que no necesariamente es indispensable, se presta a toda clase de suspicacia debido a la forma en la que el gobierno de Miguel Ángel Mancera concesionará la obra.

 

Otro ejemplo muy claro es la marcha por Ayotzinapa, desarrolla al mismo tiempo en distintos lugares de la república, entre ellos, la ciudad de Puebla. Es claro que una manifestación en Puebla nunca se va a comparar con otra llevada a cabo en la capital de la república, principalmente debido a la densidad poblacional y el número de habitantes que viven en ambas ciudades.

 

Sin embargo, en la manifestación del pasado sábado faltaron ciertos sectores que sí estuvieron presentes, con sus respectivas dimensiones, en la marcha del DF. Aquí en Puebla no marcharon los colectivos ciudadanos, muchos grupos de activistas ni tampoco las universidades, a diferencia del DF, donde todas las instituciones de educación superior, incluidas las privadas, estuvieron presentes y volvieron a converger por la causa de los normalistas.

 

Fue extraño no ver a Beto Merlo, a Ángeles Navarro, o incluso a Fernando Manzanilla, sumandos a una causa tan genuina, tan ciudadana. Aunque bueno, de Manzanilla es normal, pues era de esperarse que no quisiera mojarse la ropa, con ese “chipi-chipi” que estaba cayendo.

 

Sorprendieron las imágenes -o a menos a mí me sorprendieron- de ver un Paseo de la Reforma lleno, pletórico, rebosante, con miles y miles de ciudadanos que espontáneos acudieron al llamado de la ciudadanía, a acompañar a los padres, a mentarle su madre al gobierno. Este tipo de manifestaciones también son para eso, como diría Alex Lora: para desahogarse.

 

Incluso, en muchos medios de comunicación nacionales, la imagen de “la Poni”, Elena Poniatowska, una mujer de 83 años desfilando y cargando una inmensa pancarta, fue el emblema de esa lucha incansable por la justicia, la dignidad y la no indiferencia.

 

Aunque la presencia de algunos espontáneos en la marcha de Puebla, de mujeres y niños, de personas de la tercera edad, de madres de familia que aseguraban que sólo habían acudido en solidaridad con aquellas madres que hace más de un año perdieron a sus hijos, es al fin y al cabo una esperanza de que en este país y sobre todo en este estado vamos avanzando en la construcción por una ciudadanía más solidaria.

 

Porque como decía uno de los padres de los normalistas: ¿cómo es posible que con todos los problemas que enfrentan de por sí los mexicanos, todavía haya espacio para ir a apoyarlos?

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