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Si lo de Volkswagen hubiera ocurrido en México

Tonatiuh Muñoz Aguilar

Si el escándalo de la armadora Volkswagen hubiera ocurrido en México, es decir, si hubiera sido en nuestro país donde se detectara el fraude ambiental que hoy tiene a la empresa alemana a borde del colapso, las consecuencias del caso hubieran sido muy distintas.

 

De entrada, saldrían los paleros de siempre, los defensores a sueldo y casi profesionales a minimizar o incluso descalificar el trabajo independiente de los jóvenes que descubrieron el fraude. Si hoy tenemos a quienes critican y hasta piden que se vayan del país los expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en un caso tan grave como Ayotzinapa, qué no hubiera ocurrido con un descubrimiento que afecta a la empresa en miles de millones de dólares y podría dejar sin empleo a miles de trabajadores.

 

En segundo lugar, el presidente de la compañía no hubiera renunciado. Como resultado inmediato de la exposición pública del caso, el expresidente de la compañía Volkswagen, Martin Winterkorn, renunció a su cargo bajo el argumento totalmente coherente de que aun cuando no estaba al tanto del fraude, su obligación como cabeza de la empresa era saberlo y por eso se separaba de su encomienda, dejando campo libre a las investigaciones.

 

Esto en México no hubiera ocurrido. De inmediato hubiera salido el presidente —de la compañía— a deslindarse de los hechos, a alegar desconocimiento y a mover sus influencias para no perder el puesto o salir lo menos afectado posible. Tampoco es descartable que hubiera recurrido a argucias como pedir una investigación exhaustiva o incluso una consulta para que la gente decidiera si seguía en el puesto.

 

Lo siguiente que hubiera variado es la investigación. De inmediato las oficinas alemanas de control ambiental y otro tipo de autoridades han tomado cartas en el asunto y ya se prevén multas millonarias para la compañía. Aquí tardarían años en diagnosticar el caso y en el camino se irían cayendo ciertas responsabilidades, o se disminuiría el nivel de exhaustividad en las investigaciones con el fin de exonerar de los hechos a ciertos amigos del presidente —de la república— o de la clase política.

 

Tampoco se descarta la conformación de una fiscalía especial que al final determinara que en este escándalo no hubo responsables directos, que tal vez todo fue un error de comunicación, que no existe el conflicto de interés o, en este caso, el daño al medio ambiente y que los únicos culpables y por ello los únicos imputados son directivos de la empresa de mediano nivel que terminarían pagando —incluso con cárcel— los errores de mando o bien la corrupción de sus jefes inmediatos.

 

Al final, el caso se iría diluyendo en la memoria colectiva y el gobierno apostaría a ello para salir de la crisis, con el fin de no perder a uno de sus inversionistas más importante y una fuente segura de miles empleos. Es posible que en el camino hubieran creado una cortina de humo para desviar la atención del caso e, incluso, condonar al final ciertas multas para ayudar a la empresa a no salir tan afectada.

 

La semana pasada, el rector de la UDLAP, Luis Ernesto Derbez, decía incluso hasta con tono de congratulación, que el caso Volkswagen demuestra que la corrupción no es inherente a México, que en todos lados se cuecen habas, como se suele decir. La diferencia entre lo que sucede en un país como Alemania y el nuestro es que, en efecto, aunque la corrupción no es endémica de cierta nación o pueblo, en el país teutón escándalos como el de Volkswagen son la excepción y no la regla.

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