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Indice Político

Reclusorios, “bisne” del gobiernito

Francisco Rodríguez

Si algo está podrido‎ en el sistema de procuración e impartición de justicia mexicano, ése es el aparato carcelario. Es una vergüenza internacional. Dentro de sus ergástulas se hacinan, como animales, reos de alta peligrosidad, asesinos seriales, matarifes de la peor ralea, enfermos mentales, sicarios de grandes narcos y raterilllos de poca monta. Lo peor es que ahí mismo conviven quienes aún no han sido procesados ni juzgados.

 

Cientos de miles de reclusos que no sólo ostentan y ejercen el gobierno interno de las prisiones, sino poseen todo un mecanismo de sobornos, chantajes, amenazas y complicidades con las autoridades formales, que los hacen intocables, imprescindibles y cómplices del Estado. Se han encargado de demostrar que los únicos que están todavía afuera, son los verdaderamente peligrosos: los que han desfalcado al pueblo de México.

 

A pesar de que las autoridades de la política interior del país juraron por ésta que, a partir de la privatización del negocio de las prisiones, se iba a acabar esta pesadilla, aumenta la inseguridad y la delincuencia en las calles, jefaturada por los reclusos que perpetran con manga ancha todo tipo de delitos al amparo de la incapacidad oficial, desde adentro de las cárceles mexicanas.

 

Más seguros los de adentro que los de afuera

 

Nadie puede detener esta grave ofensa a la integridad y a la seguridad de los ciudadanos, pues todos los alcaides de las prisiones argumentan, como bajo un juramento consensuado, que no puede frenarse la comunicación desde los teléfonos celulares de los poderosos confinados para poder perpetrar y maquinar  todo tipo de agresiones contra ciudadanos que, aparentemente, viven en libertad.

 

Tal parece que están más seguros y protegidos los de adentro que los de afuera.

 

Todos los expertos en sistemas penitenciarios y en seguridad pública han demostrado fehacientemente que mientras no se controlen las cárceles, jamás podrá controlarse la delincuencia, que desgraciadamente aumenta en delitos graves como secuestros y asesinatos, ordenados por sicarios que operan redes digitales desde las prisiones.

 

Se ha hecho realidad la sentencia que, desde la remota antigüedad, emitió el gran dramaturgo griego Sófocles: “Un Estado donde quedan impunes la violencia y la libertad de hacerlo todo, termina por hundirse en el abismo".

 

‎Y más, la de François-René de Chateaubriand, intelectual precursor de la revolución francesa: "Casi todos los crímenes que castiga la ley, se deben al hambre".

 

Cayeron las bravatas de El Bronco del tapanco

 

Todos los gobiernos internos de los penales, desde los de máxima seguridad, hasta los llamados "centros federales de readaptación social"‎, están en poder de los delincuentes. No es cierto, como afirman "inspectores ardilla" de la Comisión Nacional de Seguridad, que estén fuera de esta clasificación los reclusorios de Coahuila y Chihuahua.

 

En todos impera la ley de la selva, la pistola del más fuerte. Todos son unos monumentos a la inmundicia, donde se violan y atropellan elementales derechos de los pobres que no tienen dinero para sobornar a los de adentro, ni para defenderse de procesos injustos, derivados de un derecho punitivo decimonónico.

 

En México, lo observamos todos los días, cualquier sentencia de un juez de pacotilla, priva al ciudadano de la libertad, y también de la dignidad. Son los ejecutores de normas penales cavernarias que en todo el mundo han sido sustituidas por modernas concepciones de justicia social.

 

‎Por ejemplo, cinco minutos de desorden bastaron a los internos de Topo Chico, dueños y señores del gobierno interior de ese penal de risa loca, alojamiento consuetudinario de voraces “presupuestívoros”, el cómico Palillo dixit, como Beto Anaya –protegido de Raúl y Carlos Salinas de Gortari, para comprobar la ineptitud y las fantasmagóricas bravatas de El Bronco del tapanco.

 

Mondragón, paradigma de la corrupción carcelaria

 

‎Y es que la complicidad entre reclusos, alcaides y custodios, el miedo y los intereses que genera, invade todo el sistema federal y nacional. Nadie se salva de ser tocado por el derrame de esas gigantescas y jugosas "copas" de corrupción. Nadie puede hacer como que la virgen le habla. Todos son beneficiarios de esa connivencia macabra.

 

‎Enfermos de poder e impostores profesionales como Manuel Mondragón ("los que están siempre de vuelta de todo, son los que nunca han ido a ninguna parte", decía Antonio Machado) desparramó su enferma corrupción cuando dirigió el sistema carcelario federal, hasta que su protegida Celina Oseguera tuvo que “pagar el pato”, para cubrir su complicidad, durante el episodio de la segunda fuga arreglada –al más alto nivel-- de El Chapo Guzmán.

 

‎Ahora, el impoluto Mondragón, "un ciudadano por encima de cualquier sospecha", hace de las suyas monitoreando el carísimo aparato de la Comisión Nacional contra las Adicciones, cuando él debería ser el primer sujeto a tratar. Se ha convertido en el más corrupto y solapado de los pontífices de lo absurdo.

 

Su discurso prohibicionista, más falso que un billete de a dos pesos, hace punta entre la manada de ignorantes que lo idolatra y protege. Todos los días se reproducen en la prensa adocenada a un costo alto, sus palabras estultas y engañosas que son un altar a la putrefacción dolosa y rastacuera.‎

 

¿Será que su parsimonia retórica hace la diferencia? ¿Es una manera de premiar a los lenguaraces tóxicos? ¿A ese grado ha llegado la indefensión de la ignorancia supina?

 

El gran fracaso de la “reforma penitenciaria”

 

La llamada" reforma penitenciaria‎" se inició hace 45 años en México. Prometió ser un instrumento eficaz para proteger la vida en sociedad, readaptar a las personas que habían infringido las leyes, prevenir los delitos, educar a los internos y reincorporar a los excarcelados.

 

Además, abarcar los aspectos esenciales del tratamiento técnico penitenciario y preliberacional, la asistencia a liberados y la remisión parcial de la pena. Estudiar la personalidad del recluso, establecer la organización del trabajo en los penales, integrar la personalidad del sentenciado y facilitar su reincorporación a la vida productiva.

 

Sostenían los impulsores que la segregación del individuo sólo se justificaba en cuanto se protegiera a la comunidad de los transgresores del orden jurídico y en la medida en que el lapso de reclusión sirviera para prepararlos a conducirse en libertad.

 

Incluso, que en un sentido operativo, la liberación anticipada y la aplicación de las leyes de readaptación a reos no federales, era posible si los gobiernos de los estados así lo decidieran. Hasta la fecha, nadie "lo ha decidido". Todos insisten en conservar el jugoso negocio de las prisiones. Hoy, el cargo de alcaide es uno de los más caros del sistema político mexicano. Es más codiciado que una Aduana o una Notaría, los simbólicos premios de la edad antigua.

 

Todas las promesas acabaron arrojadas al cesto de la basura por los cómplices de la criminalidad y "la repartacha".

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