Indice Político

De LEA a EPN: cinco décadas perdidas

Francisco Rodríguez

El criterio supremo de certeza sobre el fracaso del sistema presidencialista mexicano se ubica en lo que ahora resulta evidente a los ojos de quien lo quiera ver. La selección del ungido sexenal, desde hace cincuenta años, ha sido una experiencia errática, perjudicial en grado sumo para los intereses de la mayoría de la población.

 

Las últimas cinco décadas del sistema político corren paralelas al fracaso de su economía, de su sociedad y su rescate cultural. Cincuenta años perdidos, atados al caprichato de un supuesto iluminado. Viviendo sin rumbo, ritmo ni destino que corresponda a alguna orientación ideológica precisa, definida, asumida y obedecida por todos.

 

Cincuenta años en los que ha prevalecido un solo dedo, aunque haya pertenecido a diversas personas con la banda terciada sobre el pecho . Desafortunadamente, diletantes políticos, habilitados por el predecesor, fallidos en todos los terrenos de la sensibilidad, errabundos en su propia tierra, normalmente fracasados en su condición humana.

 

Si el mexicano utilizara su espejo retrovisor, se enfrentaría a las amargas experiencias de constatarlo. Vería los resultados de un sistema unipersonal, caduco, muy rebasado por las exigencias de la historia y de una población desesperada, empobrecida y resentida con sus tlatoanis, votados en mala hora, legitimados por una normatividad rígida y envejecida.

 

LEA y JLP: ansias febriles de mando, sin sustento

 

Luis Echeverría, realmente ungido hace cincuenta años, era "el indicado", porque según las confesiones de Gustavo Díaz Ordaz, era el hombre que el sistema necesitaba para conducir los reclamos de los jóvenes. El autollamado “inconforme”, que en ese tiempo tenía 38 años, era el verdadero autor de la más grande masacre juvenil que se recuerde.

 

Un anticomunista esquizofrénico que se ató al cabús de la represión estadunidense en boga, y que cuando Watergate hundió a Nixon perdió todas sus esperanzas de ser secretario general de la ONU, objetivo que marcó su existencia, en aras de lo que se derrocharon todos los fondos públicos, bandera de lo insensato, de lo realmente ridículo.

 

Su elegido, José López Portillo, el derrochador de la última riqueza mexicana, el que comprobó con su mandato, a los ojos del mundo, que el sistema había sido vaciado de contenido. Un hombre improvisado como político que creía en el poder salvífico de las soluciones filosóficas del poder. Fracaso monumental.

 

‎No conocieron jamás el pulso de su pueblo. Se sentaron para ejercer despóticamente un poder que sólo existía en su imaginación, en sus ansias febriles de mando, sin sustento posible. Eligió a Miguel de la Madrid por su capacidad para halagar a su familia y elaborar las gráficas con cuadritos y bolitas de colores que en Los Pinos creían que retrataban las necesidades del país.

 

De la Madrid, gris; Carlos Salinas, destruyó y envileció

 

El hombrecito gris que fue Miguel de la Madrid, formado en el confort de los enormes estipendios de la clase burocrática dorada nunca experimentó la cercanía con el pueblo. Llegó sólo para anunciar el advenimiento de una generación de mexicanos nacidos aquí, pero poseídos por el influjo de teorías extrañas, que no comprendían, pero calcaban a pie juntillas.

 

Carlos Salinas de Gortari, un economista mediocre, avalado por las relaciones del padre, llegó de Harvard presumiendo un doctorado conseguido a través de una tesis hechiza, redactada por el historiador John Womack, que hablaba del zapatismo, observado a la distancia, por mentalidades funcionalistas, a base de documentos fríos, sin el enfoque nacional de los problemas reales del campo masacrado por el sistema.

 

El mismo campo que Salinas acabó de destruir y envilecer. Destruyó el soporte fundamental del ejido, su fantasiosa línea de masas instaló un clientelismo ñoño, hizo naufragar toda esperanza de autosuficiencia alimentaria, la base de cualquier desarrollo económico sano. Prometió el Primer Mundo y acabamos en el peor de los mundos posibles.

 

Se unció frenéticamente a todas las ideas de la nefasta macroeconomía, al mismo tiempo que sus defensores imperiales habían reconocido el fracaso del libre comercio y del liberalismo económico. No podía esperarse más de un economista que, según el propio Francisco Gil Díaz, quien había sido su jefe en la Secretaría de Hacienda, era incapaz de hacer una corrida financiera para un negocio de medio pelo, como usted y yo lo hemos documentado varias veces.

 

EZP, peón de extranjeros; Fox y FeCal, pesadilla dantesca

 

El elegido por los gringos para hacer la transición priísta fue Ernesto Zedillo, un felón traidor que continuó en la línea del desmantelamiento del Estado y sus ideas constitucionales. Dedicó el sexenio al remate de baratillo, ambicionando ser contratado como cacharpo de empresas extranjeras, beneficiadas con las subastas ferrocarrileras. Y ahí sigue.

 

Afortunadamente no llegaron ni Labastida, ni Madrazo. El primero, exhibiendo hasta la indecisión para defender su ultrajado honor. El pueblo perdió la confianza cuando fue insultado de "mariquita" y no supo qué contestar en el debate abierto. El segundo, porque los gobernadores priístas impidieron el arribo temprano del Grupo Atracomulco, habida cuenta de que el tabasqueño era creatura de Carlos Hank González.

 

Pero para toda desgracia, llegaron los dos sexenios panistas. El mando mexicano en las manos de las primeras damas, más ambiciosas que sus débiles maridos. Entronizadoras de la corrupción rampante en las oficinas de Los Pinos. Reguladoras de cualquier carrera política, forzada a pasar por los cedazos del moche institucional.

 

Una pesadilla dantesca de doce años de duración, los mismos que para lo único que sirvieron fue para demostrar que no podía lograrse en este país transición alguna, si sólo se cambiaban de sujetos en la silla, pero con las mismas ideas viejas de ejercicio autocrático y depredador del poder.‎ Una lección que no necesitábamos comprobar.

 

Los atracomulcas y su figurín, EPN, hecho a mano por la TV

 

Por fin, llegaron los de Atracomulco, con acuerdos pactados que giraron en torno de respetar las corruptelas y, más aún, ser socios de ellas, y no aplicar la ley a las conductas de los gobernantes. Peñita se arrellanó en la silla presidencial con un apoyo mediático empresarial que hoy vive arrepentido de su aventura despótica. Fabricaron una figura hecha a mano, sólo para precipitar su derrumbe.

 

‎Ante la inminencia de la sucesión presidencial y la evidencia de cinco décadas perdidas, el mexicano común se pregunta qué hacer con su memoria histórica. Cómo se tiene que vivir y afrontar el futuro. Regresar a sus orígenes o volver a probar ideas que no han prosperado en alguna latitud planetaria.

 

Es nuestra realidad, no hay otra. En ella estamos, y nos encontramos igual que hace cincuenta años, enfrentados a nuestro propio espejo. Pensando qué decisión tomar. Un mundo que avanza tecnológicamente a velocidad turbo, frente a un sistema que quiere longevidad a base de los rasgos autoritarios y unipersonales de mando.

 

‎Además, con una gran amenaza encima de los más caros intereses de la patria. La que exige valor, disciplina y sentido de la supervivencia nacional. La misma que no tolera el entreguismo del grupito de descastados mexiquenses, y sólo espera el momento de llamarlos a cuentas, pues hasta desconfía de sus procederes.

 

Vi(rey)garay y/o Narro, precandidatos de la traición al país

 

Y la tolucopachucracia busca candidato. Han llegado al extremo de habilitar a cualquiera, aunque sea el infame Narro Robles, un pobre hombre de tres al cuarto, que ha demostrado fehacientemente su incapacidad e intolerancia. Que no resiste el mínimo análisis. Una figurita lamentable, que sin el apoyo de Televisa y Telmex puede fácilmente ser echado a la basura.

 

Con una gran falla: no pertenece a la pandilla original de Atracomulco. Eso es fatal para sus ilusiones. El único que cumple los requisitos de la banda de petimetres es el traidor Vi(rey)garay. Otra vez, frente a un candidato priísta de la traición. ¿Pues qué hemos hecho los mexicanos?

 

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?‎ En Los Pinos piensan que los mexicanos defienden el camino que han trazado los toluquitas.

 

¿Usted qué haría?, pregunta el que ya tomó la peor decisión de su pobre vida, temeroso como está en Los Pinos.