“Caballerosidad” y “halagos”, la otra cara del machismo en México

 
Jaime López

El reciente caso de una locutora de la Ciudad de México que denunció a un taxista por llamarla “guapa” exhibe algunas de las conductas o actitudes que tradicionalmente no son consideradas como machistas, pero que en el fondo sí lo son, pues son equiparables a los chiflidos y gritos que los albañiles dirigen a las mujeres que pasan caminando cerca de ellos, a las cuales no se atreven a hablarles de frente y de manera individual.

 

Precisamente, hace un año, un cuarteto de jóvenes apodadas “las morras” grabaron un video en el que mostraron su determinación y forma de encarar a todos los hombres que les gritaron piropos mientras ellas caminaban por algunas avenidas de la capital mexicana, con el objeto de evidenciar la molestia y desagrado que despiertan los comentarios en doble sentido o sonidos que les hacen respecto a su cuerpo o forma de vestir.

 

A decir de “las morras”, el hecho de que desconocidos les gritaran o chiflaran en plena vía pública constituye una forma de acoso, la cual las hace sentir como objetos. Sin embargo, para varios de los varones contemporáneos, esos “piropos” son vistos como un halago, incluso llegan a catalogar de “payasas” o “mamonas” a quienes se ofenden con éstos.

 

Lo más revelador de todo eso es que cuando algunos de esos hombres llegan a ser piropeados en la calle por otros hombres, el “halago” deja de ser tal e inmediatamente es considerado como una “putería”.

 

Otra situación de machismo se puede llegar a percibir en los concursos de belleza como “Miss Universo”, certamen en el que se elige a “la mujer más guapa del mundo”, exclusivamente con base en el aspecto físico.

 

Al respecto, algunas analistas (feministas o no) han señalado que ese tipo de actos solamente banalizan el cuerpo de las féminas y las humillan.

 

Algo similar ocurre con las "chicas del clima" en los noticiarios de televisión, quienes conducen segmentos en los que para los productores es más importante resaltar el corto de la falda y lo profundo del escote, aunque no se diga mucho sobre lo que da el nombre a la sección: las condiciones atmosféricas de la localidad y del país. Pocos son los espacios informativos en los que se prescinde de la figura de la joven bonita para dar cuenta de los aspectos climatológicos.

 

Por otra parte, en un sondeo efectuado por Imagen Poblana, algunos ciudadanos refirieron que en el seno familiar se fomentan o establecen ciertos roles para los vástagos dependiendo de su género, por lo que se alimenta la creencia de que los hombres son únicamente los proveedores y que, por lo tanto, no deben ayudar en los quehaceres del hogar. Asimismo, algunos indicaron que ciertos padres otorgan mayor flexibilidad en cuanto a la hora de regreso a casa en la noche a los hijos varones, bajo el argumento de que “las mujeres no se saben cuidar”.

 

Otros entrevistados reflexionaron sobre algunas normas de caballerosidad con las que fueron educados desde su infancia, pero que en la actualidad son catalogadas como machistas, porque implican considerar a las mujeres como seres inferiores, indefensos o sin medios económicos propios, por ejemplo: pagarles a éstas la cuenta en un restaurante o cederles el asiento en el transporte público.

 

Finalmente, algunos especialistas subrayan que los micromachismos son otras conductas que, por lo general, no se consideran machistas, a pesar de que sí lo son. En ese sentido, Luis Bonino define ese concepto como “prácticas de dominación masculina cotidianas e imperceptibles que se dan en el orden de lo micro”.

 

Negar el valor del trabajo doméstico, tener diversión o descanso masculino a costa de la sobrecarga de trabajo de la mujer, acoplarse al deseo de ésta de tener un hijo y luego desentenderse de la crianza, culpar a la fémina de la pérdida de un empleo, menospreciar sus éxitos como profesionista, así como utilizar el distanciamiento como una forma de castigo, son algunos ejemplos de micromachismos dados por el autor.