Las historias más espeluznantes del Sitio de Puebla

 
Tonatiuh Muñoz Aguilar

Una vendedora de tamales que sin haber ya puercos en la ciudad pregonaba los mejores "tamales de carne" de toda la Angelópolis, despertó la suspicacia de la población y las tropas, que en algún momento pensaron que ese alimento era una invitación al canibalismo.

 

La anterior es una anécdota que forma parte de la serie de historias truculentas o famosas, algunas verdaderas y otras increíbles, que rodearon al poco célebre y casi olvidado "Sitio de Puebla", acción militar que se desarrolló un año después a la triunfal Batalla del 5 de Mayo y en la que el Ejército Mexicano resultó derrotado.

 

De acuerdo con historiadores y documentos históricos, los resultados del Sitio de Puebla de 1863 fueron prácticamente una ciudad destrozada, donde la muerte y la desolación encontraron cabida a lo largo de los 62 largos días que duró el combate. La intención de los franceses era vengar la "afrenta" sufrida el 5 de mayo, pero no esperaron encontrar tanta resistencia por parte de los mexicanos.

 

El Sitio de Puebla se fue convirtiendo en una batalla "calle por calle, manzana por manzana, casa por casa y cuarto por cuarto", según lo describe el escritor Fernando del Paso en su novela "Noticias del Imperio". Cuando los franceses tomaban una cuadra, los valientes mexicanos la rescataban casi de inmediato, y fue así como se volvió imposible recuperar los cuerpos que quedaban tendidos en mitad de la vía pública, descomponiéndose e impregnando el aire con un olor nauseabundo.

 

Al desagradable olor de los cuerpos en descomposición se agregó el de una panadería que explotó durante la refriega y volaron por el aire panes de distinto tipo, por lo que además del olor a muerto, la ciudad olía a panes chamuscados. Varios de los monumentos y casas fueron destruidos por los cañonazos, como la Penitenciaría de San Javier, posteriormente convertido en Instituto Cultural Poblano y donde hoy se alberga un CIS.

 

La calle de Reforma se transformó en un amplio campo de batalla y las fuerzas de Porfirio Díaz resistieron estoicamente los embates de los soldados franceses, muchos de los cuales también terminaron muertos en la calle. Fue allí donde se produjo la leyenda de los tamales de carne humana. Según cuentan, el cadáver de un soldado gordo desapareció y pronto la tamalera comenzó a pregonar los mejores tamales de carne de la ciudad.

 

La gente se preguntaba de dónde habría sacado la carne para los tamalitos, puesto que de Puebla habían desaparecido cochinos y vacas, pollo y pescado, perros y gatos: cualquier ser viviente que se pudiera tomar por alimento ante el enorme desabasto que ya en la recta final del sitio mataba a todos de hambre. De hecho, esa fue la razón de que se rompiera el sitio.

 

De acuerdo con documentos, el gobierno de Benito Juárez nunca pensó que la refriega se prolongaría más allá de los 45 días, debido a que consideraba que los franceses se cansarían de sitiar a Puebla o bien los mexicanos se darían por vencidos. Sucedió lo segundo. Luego de 62 días de lucha, la ciudad se rindió el 17 de mayo de 1863, convirtiéndose ese en uno de los sitios más largos de la historia.

 

Cuando los franceses entraron triunfales dos días después, el 19 de mayo, encontraron una ciudad en ruinas, despoblada, con innumerables historias de horror sobre amputados, ciegos, heridos y hasta de unas señoritas poblanas a las que supuestamente las habían baleado en la entrepierna, luego de que tomaran parte en las batallas, intentando distraer a los franceses al subirse la falda.