Los absurdos del mensaje de Peña Nieto a periodistas

 
Tonatiuh Muñoz Aguilar

Como sucede con muchas otras cosas en el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto, éste “se dio cuenta” o más bien quiso empezar a hacer algo en contra del asesinato de periodistas hasta que le resta poco más de año y medio de mandato y luego de más de tres decenas de reporteros y comunicadores a los que se ha privado de la vida. 

 

Sin embargo, no fue porque de la noche a la mañana se haya percatado de que en México hay un grave peligro para quienes trabajan en el sector de la información, sino por la presión social que fue creciendo a partir del asesinato de Javier Valdez, corresponsal de La Jornada en Sinaloa y fundador del semanario “RíoDoce”, quien era considerado por sus compañeros como “una eminencia” y había recibido innumerables premios. 

 

El homicidio de Javier Valdez ocurrió el lunes 15 hacia el mediodía, y a partir de entonces comenzó a expandirse una ola de indignación que para la tarde de jueves había llegado hasta al secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, quien en un acto público se condolió por el asesinato y además lo señaló como claro ejemplo de lo que es capaz el narcotráfico. El funcionario estadounidense –equivalente a nuestro canciller de Relaciones Exteriores– no dudó ni un minuto en atribuir el homicidio al crimen organizado. 

 

Ante tal ola de indignación y presión internacional, ante las escenas de comunicadores que en Sinaloa se brincaron literalmente los filtros de la casa de gobierno y exigieron hablar con el gobernador Quirino Ordaz, ante la condena unánime que hicieron organismos como la ONU y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ante la poderosamente simbólica imagen de un Ángel de la Independencia con el letrero “nos están matando” a sus pies y ante la serie de protestas estatales que desde el martes no cesan, Enrique Peña Nieto se vio obligado a tomar determinaciones.

 

Pero no dejan de ser curiosos varios de los aspectos ocurridos el pasado miércoles, cuando de manera inédita Peña Nieto se reunió con periodistas y gobernadores, funcionarios y miembros de organizaciones civiles, en una de sus salidas típicas en momentos de crisis, para asegurarles que los asesinatos de los trabajadores de la prensa “no quedarán impunes”. El acto organizado el pasado 17 de mayo en un salón de Los Pinos, el mismo donde exactamente un año antes el presidente se había encontrado con líderes de la comunidad LGBT para presentar la que es hasta el momento su iniciativa más costosa, estuvo plagado de “detalles” que resultan en sí mismos absurdos.

 

Lo es el hecho de que el periodista cuya muerte motivó este escenario, Javier Valdez, no haya estado presente ni una sola ocasión en los discursos de Peña Nieto, Miguel Ángel Osorio Chong y Raúl Cervantes, procurador general de la República, sino únicamente y de manera muy focalizada en las palabras de Miguel Ángel Mancera, quien a nombre de los gobernadores ofreció sus condolencias al gremio y a los familiares de Valdez, en su calidad de presidente de la CONAGO. 

 

También resulta hilarante el hecho de que haya sido Mancera el que habló en nombre de los estados, puesto que es en la Ciudad de México donde se registra el mayor número de agresiones no mortíferas a los representantes de la prensa, con un homicidio pendiente, por cierto, el de Rubén Espinosa Becerril, cometido en agosto de 2015 en la Colonia Narvarte. El asesinato de periodistas es sin duda el crimen contra la libertad de expresión más duro e irreparable que existe, pero hay otros igual de indignantes y preocupantes como la intimidación, el acoso y la censura. 

 

Un tercer absurdo fue que no estuviera presente el gobernador de Tamaulipas, Francisco García Cabeza de Vaca, mandatario de un estado donde el periodismo ya es una actividad más riesgosa que la de caminar por la cuerda floja en medio de dos edificios. Y también lo fue que el propio Peña dijera en su discurso que él es “amigo” de los periodistas. Más lo fue aun que se jactara de respetar en su mandato la libertad de expresión y la libertad de prensa, cuando hay incuestionables muestras de todo lo contrario, como el despido de Carmen Aristegui, las agresiones a través de cuentas de Twitter ligadas indiscutiblemente a su causa, el allanamiento del que fue objeto en sus oficinas y hasta las recientes amenazas en contra de Héctor Suárez, a quien con pistola en mano le advirtieron “que le bajara” a sus críticas contra la presidencia. 

 

Otro absurdo menor lo fue el hecho de que a falta de un público afín que les aplaudiera, el presidente y los gobernadores ahí presentes terminaran aplaudiéndose entre ellos. Lo anterior, además de absurdo fue simbólico, ya que la clase política nunca ha dejado de adularse a sí misma, lejanos como están de la verdadera opinión de la gente. Y no puede ser otra cosa más que un absurdo lo que señalaron algunos reporteros como el de Proceso, respecto a que integrantes del Estado Mayor comenzaron a fotografiar a aquellos trabajadores de los medios que se atrevieron a romper el silencio convocado por Peña cuando éste recordó a los periodistas muertos.