Indice Político

¿Un Valle de los Caídos para EPN?

Francisco Rodríguez

Es un lugar común, pero no por ello inexacto, decir que el desplante autoritario y dictatorial se expresa fundamentalmente en la actitud de presentarse como el protector del desvalido, arguyendo que el déspota los protege de sí mismos y de su propia hostilidad. Así lo han expresado caudillos eternizados en el poder bestial.

 

‎Wilhelm Reich, en Psicología de masas del fascismo, ha sostenido con munificencia que los dictadores repiten que "si fuera por ellos no estarían un minuto más, pero que abandonar el poder significaría generar más daños". La historia reciente está preñada de personajes que con esos argumentos han cometido enormes monstruosidades.

 

El autoritario actúa como si un orden semejante al suyo pudiera realizarse únicamente por la fuerza salvaje. El libertador cree que puede producirse por la razón y el convencimiento democrático, por el cultivo de los hábitos adecuados.

 

El déspota cree en la disciplina como medio de la imposición; el libertario aboga por la disciplina como fin, como estado espiritual. El autoritario dicta instrucciones; el libertario estimula la educación. Un caudillo es una personita básicamente débil y dependiente que busca antes que nada la seguridad para sí mismo.

 

Sus relaciones con los otros dependen de posiciones de poder, arreglo y ventaja, en las que la gente figura como simple alfil. En su mundo, el bueno, el poderoso, y lo interno, se hallan en oposición fundamental a lo inmoral, lo débil y lo externo. El dictador se identifica con lo primero.

 

Y así los mandamases de las hegemonías: hoy los gabachos quieren imponerse en México haciendo Presidente a Francisco Vidal Soberón, el encargado de la Marina Armada. Los regiomontanos han sido los primeros en agacharse. Creen que el antiguo secretario particular del secretario tiene el equipamiento para resolver los problemas nacionales, faltaba más.

 

En su aspecto cultural, si es que lo hay, la pauta autoritaria no concede existencia a valores diferenciados; sólo existe un valor supremo, religioso en la tradición eclesiástica, la ganancia en el sistema capitalista y la lucha desbocada contra el terrorismo o el narco. Los círculos del poder ultraconservador se pintan solitos.

 

Franco demostró con su muerte que 20 millones lo extrañaban

 

La España de nuestros días se encuentra profundamente dividida por el encono dictatorial de Francisco Franco, el pedestre gallego que la reprimió en la médula. El miedo y la desconfianza todavía campean en las regiones deprimidas por los saldos oscurantistas del franquismo feudal que sembró el terror durante cuatro décadas.

 

‎Desgraciadamente, las democracias no se construyen a base de puro dolor. La población española ha pagado con sangre los errores de una vocación dictatorial que no corresponde a sus momentos estelares, al ropaje ideológico de sus grandes talentos literarios, filosóficos y su gran tecnología industrial de punta.

 

Pero el daño del franquismo es histórico, en más de un sentido. Convive el feudalismo con sus castas monárquicas junto al modernismo de sus adalides económicos, junto a la separación y a las autonomías que impiden lograr una idea integral de España por parte de sus mismos habitantes. Cargan la pesada loza de lo anquilosado, de lo vetusto retrechero.

 

Cuando el déspota murió, un 20 de noviembre de 1975, el pueblo español se enlutó, al menos la mitad. El caudillo demostró con su muerte que veinte millones lo extrañaban. Cientos de miles desfilaron ante su ataúd en el Palacio Real de Madrid. El país quedó zanjado entre monárquicos y republicanos, borbones catalanes y franquistas, socialdemócratas y comunistas.

 

En La Cibeles confluirían Franco y su favorito Primo de Rivera

 

La crisis internacional de liquidez, provocada por la urgente impertinencia de los financieros franquistas que hoy se encuentran en el banquillo de los acusados, provocó una parálisis de gran magnitud, de la que aún no se reponen. La crisis de los banqueros judíos aprovechados de las hipotecas subprime vino a dar la puntilla. En eso se debaten.

 

Todo mundo sabía que la región vulnerable del dictador gallego giraba en torno del sexy del fascismo falangista José Antonio Primo de Rivera. Fue su sueño guajiro, a tal grado que antes de morir definió su voluntad por ser enterrado junto a él, en el Valle de Los Caídos, un monumento a la barbarie, un zafio mausoleo a la mentecata vanidad del dictador y su favorito.

 

Antes de ello, había dispuesto como última voluntad que las dos grandes rúas madrileñas le cantaran a su memoria: que la Gran Vía llevara el nombre de José Antonio, y La Castellana, fuera conocida como Paseo del excelentísimo Francisco Franco. Superó la imaginación de Shakespeare, que no pudo juntar las excrecencias de Romeo con las de Julieta.

 

Coincidiendo en la estatua de La Cibeles, la posteridad iba a testimoniar su gran cariño, su eterna voluntad de yacer siempre juntos. No se hizo. Era demasiado para una monarquía ñoña que todavía tenía que inventar el golpe de Estado del Guardia Civil Tejero para legitimar su pericia en la conducción del Estado.

 

A la esposa, Carmen Polo, un pedacito del jardín de El Pardo

 

‎Empero, si consiguió que sus odiados huesos fueran inhumados junto a los de José Antonio, con gran fasto, en el centro de la Catedral del Valle de Los Caídos, un enorme cenotafio de más de 500 hectáreas construido a golpe de látigo, tortura y muerte por los presos republicanos, sometidos a pan y agua y a marchas de jornadas forzadas y castigadas.

 

‎Desde luego, Carmen Polo, su abnegada esposa, la que financió el golpe militar desde África, enterrada aparte, en un olvidado lugar de uno de los jardines de la residencia campestre de El Pardo. Sólo su merecido por la campaña, ni un metro más. A cambio, todas las propiedades inmobiliarias para su descendencia, en Madrid, en Galicia y en el extranjero.

 

Pugna por exhumar los restos del dictador del Valle de los Caídos

 

Cuando el sector más ilustrado de la España democrática, los grandes escritores, poetas y analistas, piden que se haga efectiva la Ley de Memoria Histórica, que aún no puede entrar en vigor por las resistencias monárquicas que desean se dé vuelta de página a las sarracinas y masacres del estulto gallego, España vuelve a dividirse en dos.

 

‎Los racionales pugnan por exhumar los restos del dictador de los vientres del Valle de Los Caídos. Extirpar para siempre de la memoria y el culto conservador español esa noche aciaga que los petrificó y los inmoló.‎ Borrar esa asignatura pendiente que no los deja vivir en paz, que no los deja convertirse en un solo pueblo.

 

Los conservadores monárquicos y franquistas, insisten en el viejo retintín de olvidarse de los muertos, poner mayor atención en juzgar a los dictadores venezolanos, pues dicen que es el mayor acto de memoria histórica. El pueblo se burla de los argumentos bastardos de los protegidos por la monarquía. Quieren simplemente justicia. Convertir el Valle de los Caídos en un Museo esplendente de la lucha libertaria.

 

Y a EPN, ¿lo inhumarán en la casa blanca de las Lomas?

 

Exhumar a Franco cuesta diez mil euros. Mantener la tumba del Valle de Los Caídos, 750 mil euros anuales, más el déficit de 2.3 millones de euros que se viene arrastrando desde hace tiempo.

 

Tal es el costo de las últimas voluntades de los déspotas. Siguen haciendo daño después de muertos.

 

¿Cuál será la última voluntad de Peñita el dictador mexicano, después de ser enjuiciado y sin duda sentenciado en los patios de algún Juzgado de Brooklyn? ¿Que lo inhumen en la casa blanca de las Lomas, que es su propio Valle de los Caídos? ¿En Ixtapan de la Sal, donde ha comprado todos los hoteles y terrenos que el dinero mal habido pueda comprar? ¿Dónde?

¿Usted qué haría?, parece que le pregunta el déspota desde su caverna en Los Pinos.