Un cuarto propio

Sepultadas por la corrupción

Rakel Hoyos

Nos enorgullece ver la unidad de los mexicanos, el trabajo de los militares, nos toca el corazón el llanto del soldado que encuentra entre los escombros los cuerpos de una madre con su bebé; sin embargo, hay un lado oscuro, la otra cara de la moneda que no todo mundo ve, que la televisión no muestra, que las autoridades callan.

 

Leo un testimonio del temblor de 1985, parece que relata el de 2017, me surge la duda de a qué año se refiere porque casi todas las condiciones que se han desatado a raíz de éste son las mismas: los problemas de construcciones deficientes, negligencia, violencia social, corrupción, machismo. Me doy cuenta de que el texto es sobre el 85 porque en aquel entonces a las mujeres no se les permitió ayudar en la remoción de escombros. Se les dijo que tomar herramientas como palas y picos no era para las damas. Participaron entonces como enfermeras o como voluntarias en albergues, cocinaban para los damnificados o juntaban víveres.

 

Ahora, la participación de las mujeres en las labores de rescate ha sido enorme. Se les ve cargando escombros, con cascos, manipulando herramientas. Pero detrás de todo eso hay situaciones que no han cambiado en tres décadas. Las mujeres siguen siendo blanco fácil del machismo. Aunque nos haya emocionado la solidaridad del pueblo mexicano, es innegable que hay mucha gente esperando sacar provecho de estas desgracias. 

 

La autora del relato cuenta que entre los mismos brigadistas hubo violadores que aprovecharon la ventaja del anonimato y el caos para abusar de varias mujeres. Hasta ahora no he leído de un caso así tras el reciente sismo, pero sí del lamentable hecho de unos voluntarios que asaltaron para despojarlos de la ayuda que llevaban hacia el Istmo, una de las comunidades más afectadas por los dos temblores y las lluvias. Entre estos jóvenes, una chica fue violada.

 

Roles de género reflejados en las cifras de muertes

 

El País publicó una nota sobre la cifra de mujeres fallecidas en el temblor del 19-S, la cual dobla en número a la de hombres. Esto se debe a que por el horario en el que ocurrió (13:14), la mayoría de quienes estaban en los edificios eran amas de casa y trabajadoras domésticas. Se entiende entonces que los típicos roles de género ayudaron a estas cifras. Y las críticas machistas no se hicieron esperar, diciendo que las feministas ven el yugo del patriarcado hasta en los fenómenos naturales o que las muertes eran lamentables sin importar el género. Por su puesto que la desgracia afecta a niños, niñas, hombres, mujeres, animales, y sin importar la clase social, religión, edad, nada; pero también es cierto que hay fenómenos sociales innegables que salen a flote en este tipo de eventos inesperados.

 

Además de las mujeres que murieron en esos edificios, muchas quedaron sin empleo, como aquellas que trabajaban en labores de limpieza en los edificios que se derrumbaron en la colonia Roma y en la Condesa que, como sabemos, son de las zonas más pudientes de la capital.

 

Y fue lo mismo para las trabajadoras de las fábricas textiles. También en el 85 murieron sepultadas costureras y maquiladoras, y las que se salvaron quedaron sin trabajo. ¿Macabra coincidencia? No, es producto de la corrupción y las situación de vulnerabilidad y desventaja en la que laboraban aquellas mujeres del 85 y que prevalecen para las obreras actualmente.

 

Corrupción y explotación

 

Tras aquel devastador terremoto se ventiló la explotación de miles de trabajadoras de la costura en talleres clandestinos de la Ciudad de México, principalmente en el que se derrumbó en San Antonio Abad.

 

La historia se repite 32 años después, en un edificio de cuatro pisos que se derrumbó en la calle Bolívar, esquina con Chimalpopoca, en la colonia Obrera. Surgieron versiones de que en este edificio había un taller clandestino en el sótano, en el que trabajaban decenas de costureras. La Sedena y las autoridades dijeron que esto no era cierto; sin embargo, activistas, sobre todo la brigada feminista, insistían en que no entrara maquinaria a remover los escombros sin antes sacar a todas las mujeres que aún estaban dentro.

 

Enviaron a granaderos a cercar los alrededores y la comitiva oficial que entró llevaba la orden de rescatar documentos. La gente pedía entrar a buscar a las costureras, justo como en el 85 pedían muchas mujeres en San Antonio Abad, a las que también se les fue negado porque se le dio prioridad a sacar el material de costura y las máquinas de los dueños de los talleres, con apoyo de militares. Lo anterior quedó registrado en el documental “No les pedimos un viaje a la luna”.

 

De acuerdo con un reportaje de Proceso, se sabía desde la década de los 90 que el edificio de Chipalpopoca tenía fallas estructurales, pues ya había albergado oficinas gubernamentales a las que se mudó por el peligro que corrían. Y aún así se aprobaron los permisos del edificio.

 

Una misma fecha, más de 30 años de diferencia. El fenómeno natural no se puede evitar, pero muchas de las desgracias sí, porque no son coincidencia las fallas estructurales ignoradas por las autoridades ni el hecho de que las trabajadoras de la industria textil sigan laborando en condiciones de explotación: con bajos salarios, horarios extenuantes y sin prestaciones de ley.

 

La mayoría de las que difundieron esta información por redes sociales fueron grupos feministas, principalmente de “La Brigada Feminista”, un grupo que estuvo ahí peleando por rescatar a aquellas mujeres. ¿Qué ganaban con tanta insistencia los grupos voluntarios?, ¿por qué las autoridades mandaron granaderos a custodiar? Si se supone que el taller clandestino no existía, ¿cuál era el temor y por qué tanto hermetismo?

 

En unos días el predio quedó limpio, entró maquinaria y lo removió todo. Ahora hay un memorial con diversos objetos que muchas personas han llevado para rendir homenaje a las mujeres sepultadas.

 

La Brigada Feminista escribió mensajes en los muros que quedaron: “La vida de una costurera vale más que todas sus maquinarias, ¡Justicia!” y “Ni una más sepultada por la corrupción”.

 

Lo triste es que hasta estas acciones le pegaron al ego machista y provocaron su indignación. Siempre buscando el protagonismo. Acusan los machitrolls de vandalismo a las feministas, de sacar la cara por un solo género, de victimizarse; cuando en realidad las brigadas feministas han estado ayudando en general, pero se han manifestado para exigir el rescate de las costureras porque de eso se trata el feminismo, de luchar por nuestros derechos, por la igualdad, por la seguridad y la vida de todas y cada una, porque si nadie más lo hace, lo tenemos que hacer nosotras mismas.

 

Muchas de las trabajadoras eran migrantes asiáticas y centroamericanas que sobrevivían con salarios precarios que no llegaban ni a tres mil pesos al mes, eran madres solteras o cabezas de familia. Solo dos personas fueron sacadas con vida y 21 cuerpos rescatados, pero ¿cuántas más sepultó la corrupción?