Un cuarto propio

Muralista mexicanas (no todo en la pintura es Frida Kahlo)

Rakel Hoyos

Su dramática vida y el intenso romance con Diego Rivera convirtieron a Frida Kahlo en uno de los más famosos referentes dentro de la pintura mexicana; más que ser recordada por el valor de su arte, es reconocida como un ícono dentro de la cultura popular. No hay mexicano que no sepa quién es, aunque jamás haya visto uno solo de sus cuadros. Tan es así que podemos encontrar su imagen en un sinnúmero de fetiches.

 

Y está bien, qué positivo que una artista mexicana sea reconocida en todo el mundo a lo largo de tantos años. Sin embargo, no todo en el pintura de nuestro país creada por mujeres se limita a Frida Kahlo. Incluso, hay pintoras más prolíficas, revolucionarias y pioneras de la liberación femenina. Pero creo que nos gusta el drama y el morbo y por eso exaltamos figuras “trágicas”.

 

Entrado el siglo XX surgió el muralismo, de la mano del nacionalismo emergente posrevolucionario. La temática social, económica y política dominaba el arte, sobre todo la pintura. La lucha de clases, la situación de los indígenas, el comunismo y la educación emergían de la conciencia de los creadores de la época. En la historia de esta trascendental etapa artística destacan principalmente tres nombres: Rivera, Siqueiros y Orozco. Si investigamos un poco más, encontramos al Dr. Atl, Rufino Tamayo y a Pablo O’Higgins.

 

¿Y las muralistas? No es que no hayan existido mujeres que tomaron el pincel, se subieron a un andamio o escalera y se vistieron de overol, es que eso no era para las damas, y hasta las mentes más liberales no lo aceptaban del todo.

 

El muralismo no escapó del machismo, María Izquierdo lo supo muy bien cuando los “tres grandes” no le permitieron pintar en los muros del Ayuntamiento. O sea que esa lucha ideológica que vociferaban era limitada, un tanto hipócrita. La revolución de los intelectuales no consideraba la causa femenina dentro de sus ideales. Ser intelectual o artista no eximía de ser machista. ¿Miedo o ego masculino?

 

Hubo mujeres comunistas y luchadoras sociales, que además eran talentosas pintoras. Es el caso de la poeta y muralista Aurora Reyes, sobrina de Alfonso Reyes y amiga de Frida Kahlo. Su obra se caracteriza por plasmar escenas de la lucha social de los maestros rurales, de los obreros y campesinos. Sus murales se conservan en el Auditorio 15 de Mayo del SNTE y en la casa de Hernán Cortés, en Coyoacán. Se le considera la primera muralista mexicana y una de las primeras feministas, integrante del grupo “Las pavorosas”. Luchó por la creación de guarderías y por el derecho al voto femenino.

 

Regresando a María Izquierdo, si alguien supo lo difícil que es ser mujer y dedicarse al lenguaje visual fue precisamente ella. Aunque fue la primera mexicana en exhibir su obra en Nueva York, en México la traición de su maestro Diego Rivera y de Siqueiros hizo que le quitaran el contrato para pintar un mural para el Departamento del Distrito Federal.

 

Era 1945, María preparaba sus materiales para pintar los muros de la escalera central de uno de los edificios más emblemáticos del centro histórico. Abarcaría más de 150 metros cuadrados con “El progreso de la ciudad de México” y en los plafones “Las artes en general”.

 

Pero llegó la influencia patriarcal a derrumbar el proyecto de la pintora. “Las mujeres no pintan murales”, “María no está capacitada para pintar al fresco”, dijeron Rivera y Siqueiros. María protestó no solo con palabras, les calló la boca creando por su lado dos tableros transportables que representan uno “La música” y otro “La tragedia”.

 

Una época complicada para ser mujer, para ser artista y para ser pintora, pues el arte se relacionaba con libertinaje y con la vida bohemia, situaciones impensables para las señoritas decentes. Y a ello se enfrentaron las pintoras, no solo las mexicanas, hubo otras mujeres que se enamoraron del folklor mexicano y lo plasmaron en su obra. Fue el caso de las hermanas Grace y Marion Greenwood y de la estadunidense Ryah Ludins.

 

Hay nombres enterrados en el olvido, escasa información de sus obras, por ejemplo el de Isabel Villaseñor, de la que se dice que fue la primera mujer en pintar un mural, en una escuela de Ayotla, por allá de 1929. O el de Olga Costa, a la que se le dio un espacio en un balneario de Cuautla para plasmar su obra “Motivos sobre el agua”.

 

¿Cuál sería la historia si a las mujeres se les hubiera permitido pintar más murales?, ¿si los espacios públicos importantes no hubieran sido acaparados por hombres? Creo que el resultado sería que tendríamos un acervo mucha más extenso y valioso en diversos edificios del país.

 

A las dificultades ya mencionadas, sumémosle ser esposa y madre de familia. A qué hora habría tiempo de pintar cuando se debe atender al esposo y a los hijos. Para Elena Huerta la familia y la labor docente ocuparon casi todo su tiempo. Pero esto no fue un impedimento para que estudiara, aun en la edad madura, dibujo, pintura y escultura. Elena sabía que por su condición de mujer no le llegaría la oportunidad de recibir la comisión de un mural, así que lo buscó; no lo logró en la Ciudad de México, pero su natal Coahuila sí le brindó los espacios para plasmar su extraordinario talento en dos murales en escuelas y uno en el Centro Cultural Vito Alessio Robles.

 

Para entrar en el mundo del muralismo, muchas mujeres tuvieron que ser asistentes de los pintores. Fue así como Fanny Rabel participó en las obras de Diego Rivera en Palacio Nacional. A la par, creaba su propia obra y llegó a ser una de las más importantes muralistas mexicanas. Da cuenta de lo anterior “Ronda en el tiempo”, en el Museo de Antropología e Historia. Otras de sus creaciones están en el Hospital Infantil de México, el Registro Público de la Propiedad y el Comercio y en el Centro Deportivo Israelita. Incluso, su obra “Los cuatrocientos y algunos menos” pertenece al acervo de la BUAP.

 

Aunque no se les reconozca igual que a los hombres, las mujeres jugaron un papel muy importante dentro de la época posterior a la Revolución Mexicana (y antes), como docentes, intelectuales y artistas. Sus nombres quizá solo están dentro de la memoria de estudiosos del tema, pero con nulo protagonismo dentro de la cultura popular; un episodio más de los injustos roles de género.

 

Las pintoras tuvieron que luchar al doble para alcanzar sus objetivos, pues si bien trabajaban en sus obras, como grabados y oleos, conseguir la concesión de un mural no era cosa fácil por las dimensiones que representaban y los espacios públicos celosamente defendidos por hombres. Era (y es) típico creer que el arte femenino apelaría siempre a lo “sentimental”, cuando las pintoras también exaltaron el nacionalismo mexicano, las costumbres del país, a los obreros, a los maestros y a las comunidades indígenas.

 

Aunque pocos, perviven legados que debemos conocer para reivindicar el papel de las mujeres en el arte mexicano. En el mismo altar en el que hemos puesto a Frida Kahlo hagámosle un lugar a Aurora Reyes, María Izquierdo, Isabel Villaseñor, Olga Costa, Elena Huerta, Fanny Rabel y muchas otras talentosas y revolucionarias mujeres a las que la historia oficial no les ha hecho la debida justicia.