Un cuarto propio

Los chicos no lloran

Rakel Hoyos

Proclamarte feminista genera en tus círculos inmediatos una serie de ideas preconcebidas: aversión por parte de ciertos hombres, especulación por parte de algunas mujeres; es uno de los términos que más suelen tergiversarse. A veces parece casi como si dijeras que eres de X religión, y los demás piensan que vas a tratar de convertirlos a tu dogma. A final de cuentas, se trata de una etiqueta para dar un significado, porque puedes estar siendo feminista sin usar el término. Desde que estás en contra de los estereotipos, de las desigualdades, si apoyas a otras mujeres en sus ideales y sientes empatía tanto por sus triunfos como si están en una situación vulnerable… estás simpatizando con el feminismo.

 

“No es válido el feminismo, es egoísta y debe llamarse igualitarismo o humanismo”, dicen muchos, sobre todo hombres. Quizá se deba a que se sienten excluidos, odiados o ven en peligro su protagonismo. Lo cierto es que la idea del odio y la confrontación entre géneros es totalmente falsa. Como lo plantea Chimamanda Ngozi, la cultura en la que hemos crecido y la socialización son las que establecen las diferencias e imponen las cargas de las “expectativas de género”.

 

El terminar con esas diferencias beneficia tanto a mujeres como a hombres. La presión social ha hecho que a los chicos no se les permita llorar o demostrar cualquiera de sus emociones, porque si lo hacen son tildados de mariquitas, nenas, putos, débiles, jotos y muchos otros términos relacionados con la feminidad. A cierta edad se limita el contacto físico con los padres: abrazos y demostraciones de cariño. Se les enseña a sentirse apenados de comportamientos que no sean masculinos. Todo para que no se críen como “debiluchos”.

 

Si nos preguntamos de dónde viene la violencia hacia las mujeres, las violaciones, los feminicidios, tenemos la respuesta en la cultura sexista, misógina y machista que nos rodea. Si un comparativo humillante para un hombre es relacionarlo con cualidades femeninas, esto demuestra el sentido de superioridad que se le hace creer al género masculino.

 

No odio a los hombres, al contrario, he tenido la fortuna de conocer a algunos que no viven bajo la presión de la “hipermasculinidad”, entendiendo a esta como la exigencia de ser fuertes, poderosos, agresivos, dominantes, además de tomar a la ligera el sexo y a las mujeres. De mis amistades masculinas, algunos son heterosexuales y coincide que son artistas (músicos, literatos, actores); otros son homosexuales.

 

Pasa un fenómeno curioso con los chicos gay, pues muchos hombres mantienen su distancia creyendo que van a intentar seducirlos, como si a los gay les gustaran todos los hombres que conozcan y vieran en cada uno una posible oportunidad de ligar (¡qué egocentrismo!). Sin embargo, para una mujer es fabuloso tener un amigo homosexual porque en la intimidad emocional no va a existir la sexualización, contrario a lo que pasa con un heterosexual. No es que la amistad entre hombres y mujeres no pueda existir, pero dentro de nuestra idiosincrasia es muy común confundir la amabilidad femenina con la coquetería. Es innegable que bajo la mirada machista, la vestimenta, la forma de bailar y la actitud de una mujer se asocian rápidamente con la búsqueda de sexo.

 

Esa es solo una de las tantas franjas confusas con las que está pintada nuestra educación machista. Además de esa forma de ver a las mujeres, la hipermasculinidad les exige a los hombres mostrarse poderosos. Los tiroteos, las masacres, la mayoría de actos de violencia son perpetrados por hombres. La música misógina y violenta (por ejemplo el reggaetón y el hip hop) es interpretada por ellos, así como los videojuegos y los protagónicos de las películas que van en la misma línea.

 

¿De dónde saco todo esto? No es necesario ser un especialista para darse cuenta que el cine, la televisión, el internet, la música y los videojuegos inundan de mensajes violentos a los jóvenes y niños. No solo violencia gráfica, internet pone a la disposición de un solo click incontables páginas de pornografía, gracias a las cuales los chicos se crean ideas falsas sobre el sexo, por ejemplo que a las mujeres les gusta ser maltratadas, sodomizadas, humilladas o hasta que las violaciones son algo normal.

 

Es verdaderamente aberrante escuchar a tu alrededor (hasta a tus propios conocidos) repetir ideas estúpidas sobre la cosificación de las mujeres. Démosle las gracias a los estereotipos de la TV de frases como “¿Qué le ve si está tan fea?” adjetivo que se puede sustituir por gorda, vieja, celulítica, plana o el que se les ocurra, porque apuesto que han escuchado decenas. Porque un hombre “exitoso” consigue mujeres hermosas y voluptuosas, en las que lo que menos importa es la inteligencia.

 

Además, no es solo mi opinión, por ejemplo, el documental “The Mask You Live In” (en Netflix) aborda a través de profesionales en educación, psicólogos, terapeutas, escritores y otros especialistas el fenómeno de la hipermasculinidad en los niños y jóvenes de Estados Unidos, aunque encaja en la sociedad de cualquier país.

 

El documental proyecta diversos testimonios de hombres adultos, jóvenes y niños que narran las dificultades a las que han tenido que enfrentarse en el intento por descubrir “qué es ser un hombre”. Son historias de víctimas de abusos, violencia y agresiones; sobre cómo han sido presionados para ser fuertes, valientes y obligados a demostrar que son hombres consumiendo alcohol, drogas y teniendo sexo con muchas mujeres. La mayoría confiesa haberse sentido solo, estresado e incluso haber pensado en el suicidio.

 

Los hombres que no se ven presionados por la hipermasculinidad no necesitan gritarle “piropos” en la calle a las mujeres, no las acosan, no se obsesiona con ellas ni las violentan. No les importa presumir ante sus amigos con cuántas se han acostado. No ven el alcohol una forma de demostrar su hombría. Están tan seguros de sí mismos que respetan a las mujeres y las ven como sus iguales. Muchos hombres dirán: “Yo también soy respetuoso y caballeroso”. No, el hecho de pagarle la cuenta, abrirle la puerta del automóvil o cederle tu lugar en el transporte público no te exime de ser machista. Lo eres si cuando estás en tu círculo de amigos cuentas chistes sexistas; las charlas son sobre lo “buena” que está tal “vieja” o lo “fea” que es otra; si usas adjetivos como “puta”, “zorra” o “fácil” para referirte a ellas o si piensas que son unas histéricas o exageradas. Pero estamos tan acostumbrados a estas actitudes que suelen pasar desapercibidas.

 

Para muestra: en una sola semana, fui llamada “pendeja” por un sujeto y “exagerada” por otro. En el primer caso, perdí el equilibrio debido a la “destreza” del chofer de un microbús que frenó intempestivamente. Y tropecé con un tipo que supongo se creía de cristal porque el incidente le molestó tanto como para gritarme: “¡Y así quieren que se les respete si son unas pendejas! ¿Yo soy la histérica cuando el sujeto fue el que armó todo un drama por un simple tropezón? En el segundo caso, el señor se molestó por pedirle en una tienda (y hasta eso, amablemente) que cerrara un refrigerador que había dejado abierto. Según él, lo regañé. Así que empezó a decirme una sarta de tonterías sobre mi mal carácter, según él.

 

Creo que en otro tiempo me hubiera quedado callada, quizá hasta apenada por “ofender” a los “caballeros”, creyendo que no debía molestarlos, corregirlos o darles una orden. Sin embargo, estas situaciones que parecen tan nimias son pequeños ladrillos en el muro del machismo que construimos como sociedad. Así que obviamente enfrenté verbalmente a los “indignados señores”, claro que sin palabras altisonantes, pero con la firmeza y seguridad necesarias para que los avergonzados terminaran siendo ellos.

 

Esto no siempre es sencillo de lograr y no en todos los casos es lo más recomendable. No podemos saber qué tan desquiciado está cada sujeto y lo violento que pueda ser. Es necesaria una combinación de prudencia con sentido común, pero también es necesario demostrar que no somos inferiores, que no existe el “calladita te ves más bonita” y sobre todo no permitir que se nos ofenda o violente bajo ninguna circunstancia.

 

Y esto sucede precisamente por estos patrones de masculinizar y feminizar el comportamiento humano. Todo lo que tenga que ver con emociones, sentimiento y empatía es femenino. La dominación y la agresividad son masculinos. El rosa y el azul. La razón y la sumisión. La mujer es sensible y los chicos no deben llorar.

 

Si el feminismo busca la igualdad, las mujeres queremos que los hombres tengan esa ventaja de expresar sus emociones sin ser reprimidos, de quitarse la presión social de tener que demostrar cualidades “masculinas” para ser aceptados.

 

De acuerdo con uno de los psicólogos del documental es posible que los hombres se recuperen de las lesiones psicológicas y emocionales para convertirlas en relaciones saludables. Esa recuperación es un largo proceso, pues deshacerse de las ideas con las que han crecido y los comportamientos que han repetido por años es un trabajo muy duro.

 

Un importante avance estaría en la educación que se le da a los niños, los cambios que se podrían lograr en la mentalidad de un pequeño al que no se le cría bajo las rígidas reglas que le exigen ser rudo, poderoso e insensible. Los niños heridos son adultos heridos. Los adultos heridos, que crecen con ira, son violentos y peligrosos. Conozco a los hombres sanos emocionalmente, los admiro y busco su compañía. Todos los niños deberían tener esa oportunidad de convertirse en hombres sanos que no tienen que vivir con una máscara, que pueden ser libres y seguros de sí mismos.