Un cuarto propio

Anónimo es una mujer

Rakel Hoyos

Si la historia fuera justa, más nombres de mujeres figurarían en obras pictóricas, literarias, musicales, así como en el ámbito de la ciencia y la tecnología. Como bien lo había dicho Virginia Woolf: “Anónimo, que tantas obras escribió sin firmar, era a menudo una mujer”. Y es que hay tantos casos (muchos que no sabremos nunca) en los que el crédito de una obra, de una idea o de un proyecto le fue arrebatado a una mujer.

 

Como ya lo había mencionado sobre algunas escritoras que tuvieron que firmar sus obras bajo un seudónimo masculino, hay otros casos en los que ese nombre ha sido el de su esposo o el de otro hombre que las explotó y que terminó apropiándose de la fama que le correspondía a la artista. Fue lo que le pasó a Colette y a Margaret Keane.

 

La historia de Margaret Keane es una de las más famosas, la retomó Tim Burton para la película "Ojos grandes". Como en todos los casos, el escepticismo sobre el talento de una mujer y los prejuicios sociales son los factores determinantes para que las verdaderas autoras no sean reconocidas.

 

Margaret pintó decenas de cuadros con la peculiaridad de plasmar niños con ojos grandes, esto llamó la atención del público por la originalidad y la sensibilidad que representaban. Sin embargo, a su esposo se le ocurrió decir que él los había creado. Convenció a Margaret con el pretexto de ganar más dinero, pues según él, podía manejar mejor la situación por su personalidad y por ser hombre.

 

El engaño duró varios años debido a la obsesión de Walter Keane con la fama que consiguió a costa del esfuerzo de su esposa. Todo terminó cuando Margaret, cansada de la explotación y el maltrato físico y psicológico, lo demandó. En la corte se les pidió a ambos que pintaran un cuadro para demostrar quién era verdaderamente el autor de las obras. Obviamente, Margaret salió victoriosa.

 

Casi la misma situación ocurrió hace menos de un año con la artista Fumiko Negishi, quien ventiló que el arte pop de Antonio de Felipe era un verdadero fraude, ya que en realidad ella pintó la mayoría de las obras que este señor firmó, exhibió y vendió durante 10 años.

 

Fumiko fue tratada como una “obrera” en el taller del supuesto pintor. De Felipe argumenta que las ideas eran de él, aunque fueran otras manos las que las ejecutaran. A veces, De Felipe hacía algunos bocetos (muy contadas), pero la mayoría eran obras creadas por Fumiko en un espacio alejado de la vista del público.

 

La artista japonesa demandó a su ahora exjefe por despido, pero en el proceso se desveló la falsedad de la autoría que se había apropiado el pintor veneciano.

 

El llamado también el Warhol español planteó como analogía el caso de un famoso chef que pone a su ayudante a pelar papas, no porque el chef no pueda hacerlo, sino para delegar el trabajo. Como si esto se pudiera comparar con la creación de una obra artística, de una pintura en la que se supone el artista vuelca su talento, su inspiración y su pasión.

 

La mujer que inventó el cine

 

Si creían que George Meliès fue el primero en dirigir cine de ficción, están en un error; aunque es entendible esta creencia debido a que por muchos años no se reconoció que la pionera fue Alice Guy.

 

En el aspecto técnico, fueron los hermanos Lumière los creadores del cinematógrafo. Sin embargo, hablando del nacimiento del cine como arte, a Alice Guy se le ocurrió rodar la primera historia de ficción. Alice ya había asistido como espectadora a una exhibición a puerta cerrada del invento de los Lumière, antes de la presentación oficial. Ideó entonces hacer algo diferente, más cercano a lo que hacía Edison con su kinetoscopio.

 

En 1896, Alice comenzó a rodar "El hada de los repollos". En poco más de un minuto, cuenta una historia tradicional francesa que asegura que los niños salen de los repollos y las niñas de las rosas. Esta sería la primera obra de un cineasta en la que hay una historia, personajes y escenografía, ya que los hermanos Lumière solo rodaban escenas de la vida cotidiana.

 

El trabajo de Alice como directora no paró ahí, dirigió un millar de películas más, aunque solo se han podido recuperar algunas. Junto con su esposo, fundó su propia compañía productora y filmó la primera película protagonizada por actores negros. Sin embargo, cuando se divorció de su marido, el no tener el respaldo de un hombre la hizo perder su compañía. Además, le atribuyeron los filmes a su exesposo o a otros directores, excluyéndola de la historia del cine. Apenas hace unos años empezó a reivindicarse su nombre, haciéndole justicia a los más de 25 años en los que fue una prolífica y talentosa directora.

 

El plagio comienza en casa

 

Quien haya visto la maravillosa película “Medianoche en París” recordará a la singular pareja Fitzgerald, a la que Woody Allen retrata como dramática y conflictiva. También muestra a Zelda Fitzgerald como inestable mentalmente y obsesionada por su falta de talento literario.

 

Ciertamente, esta pareja sí fue muy explosiva. El temperamento de ambos escritores los llevaba a protagonizar tremendas peleas. Pero lo que pocas veces se dice es que Zelda no carecía de talento, sino que fue opacada por su marido. Incluso, él le robó varios fragmentos e ideas para usarlos en sus libros. Scott se apropió de la sensibilidad narrativa de su esposa para hacerla pasar como suya.

 

Zelda escribió sobre el segundo libro de su marido: “En realidad, el señor Fitzgerald –creo que es así como se escribe su apellido– parece creer que el plagio comienza en casa”.

 

El legado borrado

 

En otros casos, además del arte, las aportaciones de las mujeres en la tecnología o en ámbitos científicos fueron igualmente menospreciados. Es el caso de Ada Lovelace, hija de Lord Byron y madre de la programación.

 

En 1836, Ada le pidió Charles Babbage, creador de la máquina analítica, ser su asistente. Por su talento con las matemáticas y la lógica, Babbage la llamó “La encantadora de números”.

 

Solo imaginemos: una mujer del siglo XIX, casada, asistente de un hombre y dedicada a la ciencia. Todos esos aspectos eran repudiados por la sociedad de la época.

 

La aportación de Lovelace fue su descripción de la máquina analítica de Charles Babbage, a la que agregó una serie de notas que publicó solo con sus iniciales para evitar polémica por el hecho de ser mujer.

 

Hace apenas algunos años empezó a reconocerse el legado de Ada Lovelace y hasta fue instaurado un día internacional en su honor.

 

Una historia más es la de Rosalind Franklin, la mujer que aportó los datos con los cuales se logró describir la estructura del ADN. Los científicos que usaron sus datos recibieron el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1962 sin siquiera mencionarla. Estos señores se llevaron la fama borrando a Rosalind porque su ego machista no les permitió aceptar que ella descubrió algo que ellos no habían podido descubrir.

 

Como las historias de estas mujeres habrá cientos que se quedaron en el injusto anonimato, en las que el ego masculino les robó el merecido reconocimiento a su talento e inteligencia. Y lo sorprendente e indignante es que es una situación que sigue ocurriendo hasta nuestros días, lo cual hace pensar que el menosprecio por las capacidades femeninas es un prejuicio que aún no ha sido erradicado.