Indice Político

¿Motín a bordo de la destartalada nave priísta de EPN?

Francisco Rodríguez

El motín del Caine, de Herman Wouk, recibió el Premio Pulitzer en 1952. La acción transcurre en un destructor de la Primera Guerra Mundial adaptado como dragaminas y barco de escolta en la Segunda. Para sus tripulantes, dice el autor, el "USS Caine" sólo era "una bañera apestosa y a punto de hundirse".

 

El personaje central es Willis Keith, un hijo de papá --de mami es este caso-- neoyorkino, enrolado en la Marina. En el Caine ostenta el grado de teniente segundo y oficial de comunicaciones. Le rodean el comandante en Jefe de la nave, el capitán Queeg --Humprey Bogart en la película-- y otros personajes secundarios.

 

¿Qué deben hacer unos oficiales cuando consideran que su capitán ha perdido la cordura acosado por fantasmas paranoicos?¿ Cuál es la frontera entre la lealtad a un mando y la responsabilidad de velar por una tripulación? ¿Hasta qué extremo se puede cuestionar la autoridad de quien está al mando de una empresa?

 

Relevarlo del mando ante el riesgo de naufragio

 

The Caine Mutiny, su titulo en inglés, es además una adaptación cinematográfica exitosa de una novela psicológica en la que el autor conduce a sus personajes y al lector a la conclusión de que el comandante del ‎barco, el capitán Queeg, es un perturbado. El clímax de la historia se produce en medio de un tifón en el Pacífico, cuando Queeg se empeña en seguir el rumbo de la flota...

 

... con riesgo de naufragio, y es relevado del mando por su segundo de a bordo. Una vez en tierra, enfrentados a un Consejo de Guerra, queda claro que sólo hay un principio aplicable: si cualquier oficial pudiera relevar a su comandante porque es un paranoico incompetente, mentiroso y cobarde, se resentiría la disciplina de todo un sistema.

 

El principal instigador en la sombra del motín, el oficial Keefer, debe asumir el mando del barco al salir absuelto del juicio. Entonces, y sólo entonces, comprende "la inmensa soledad del mando" y "la estrecha senda de decisiones que bordea un abismo de posibles errores" a los que se enfrenta un capitán.

 

El destino le obsequiará además con una prueba de fuego: un kamikaze se estrella contra el Caine, y le hace saltar del barco sin necesidad alguna, dado que el buque ya no estaba para combates, y cargar con un acto de cobardía para siempre. La neurosis del poder es retratada con maestría en esta cinta, candidata a todos los Óscar de su tiempo, intemporal, certera.

 

Ignoramos las veces que hemos estado en tormentas

 

Cuando de tomar decisiones se trata es cuando se pone a prueba el temple de quien está preparado y hecho para el mando, todos los demás son una corte de mentecatos, apanicados y paralizados ante cualquier tormenta. Las agarraderas de la voluntad son diferentes en cada quien, y se muestran en los momentos impensados.

 

‎El desquiciado capitán del "USS Caine" es interpretado a las mil maravillas por el inmortal Bogart, un actor de excepción, que con solo unos cuantos gestos y otros rictus nos lleva en la película a concluir que el hombre está loco de remate. Es ineludible, irrefrenable. Y no tuvo necesidad de hacer otras cosas para ser candidato a la camisa de fuerza.

 

¿Cuántas veces todos hemos estado en medio de una tormenta, a bordo de cualquier Caine y no lo hemos sabido? ¿Cuántas veces hemos sido engañados por mandarines esquizoides que nos han metido en la cabeza que somos la encarnación misma de la lucha por la estabilidad y el desarrollo...

 

... primer productor de plata, de productos petroleros y agropecuarios sin parangón en el Occidente del planeta? Y mareados, nos hemos sentido muy ufanos. ¿Cuántas veces los medios nos han repetido hasta la saciedad que debido a las decisiones estructurales de los mexiquitas íbamos a ser inundados de modernidad, empleo, justas remuneraciones y glorias a raudales?

 

Gran engaño: que sabían conducir la embarcación México

 

Testas nos iban a faltar para adornarlas con los laureles que el mundo nos imponía. Inciensos y sahumerios de oro y mirra para perfumar nuestras miserias, para combatir el hambre atroz. Las experiencias y los logros del BRIC --Brasil, Rusia, India y China-- y muchos logros de la Comunidad Europea nos quedaban guangos.

 

Nosotros, los de entonces, íbamos a marcar la pauta y los fundamentos modernos del desarrollo emergente. ¿Que nos cuidáramos de no caer en las garras de las transnacionales? ¿Que nuestros fruncionarios eran muy rateros para rendir cuentas y para explicar los rendimientos?

 

¡Eso no aplicaba para México! Éramos demasiado país para tan pocas amenazas. Nuestros tronantes chicharrones de rancho eran universales: teníamos a Peña Nieto y a Videgaray, los líderes naturales, los financieros de marca galáctica. Preparados en Atracomulco. ¡Todas las becerras a parir!

 

El perfil político de estos mamarrachos no alcanza para nada

 

Cuando nos dimos cuenta, estábamos en manos de analfabetas, esquizofrénicos, soberbios y badulaques multimillonarios en pocos meses.

Nos enteramos que Peña Nieto, Videgaray, Osorio Chong, Nuño, Murillo, Lozoya, Ochoa Reza y los demás de la pandilla lograron sus títulos a base de boletazos y copy-pastes.

 

El perfil político de estos mamarrachos no alcanza ni para regentear un hotel de paso. Menos para conducir a buen puerto los negocios públicos de un país al que por lo mismo llevaron a la ruina total y al descrédito internacional a los pocos días ‎de tomar posesión. Ofreciendo miel y oro como cualquier mercachifle paranoico. La revista Time se equivocó de todas todas cuando dio su portada a EPN y a sus "vicepresidentes" Videgaray y Osorio, porque dizque estaban "salvando a México".

 

Los paranoicos están al timón. El Caine nos queda corto

 

Y es que donde se han parado estos personajes ya ni crece el pasto. Nadie respeta la vida, ni la integridad, ni el juicio previo para privar de posesiones al enemigo, ni las formalidades esenciales del procedimiento para refundir en la cárcel a quien se deje y alzarse con el santo y las limosnas.

 

Los Bandidos de Río Frío, de Manuel Payno, se quedarían de a tres: el gobiernito sólo protege los intereses de los salteadores de caminos, los asalta casetas y los ataca migrantes, vándalos, violadores, esquizoides, rateros y asesinos de la peor ralea. Niños mexicanos ofertados en las carreteras del Bajío para calmar enfermedades y hambres de sus familias.

 

Los paranoicos, al timón. El Caine nos queda corto. Los motines para desbancar al capitán ya no proceden del interior de esta nave de locos --aunque los priístas priístas no están conformes con la designación de un candidato presidencial que no milita en el tricolor--, sino del alto mando en Washington y en Manhattan. La decisión ha sido tomada: al Consejo de Guerra lo sustituirá un juicio menor en alguna chirona de Brooklyn, para acompañar al antiguo socio, El Chapo Guzmán, que ha sido instruido como Fiscal para los nuevos expedientes llegados de Atracomulco.

 

Y como no hay tifón, el capitán no podrá tomar la decisión de lanzarse de boca hacia el Océano. Este sería un final demasiado light. La película requiere de horror y tensión. Pasa dentro de un mes. Perdón, menos: dentro de once. ¡Gulp!