Un cuarto propio

El falso empoderamiento

Rakel Hoyos

Hay palabras que están más manoseadas que frutas en un mercado, tan desgastadas, usadas y tergiversadas que se pierden en la inmensidad semántica; aunque han sido muy bien aprovechadas por ciertos sectores, como los medios de comunicación, la mercadotecnia y la política.

 

Esta reflexión surge a partir de ver hasta en la sopa el término “empoderamiento”. El último de estos ejemplos fue en una publicación en redes sociales de la aspirante mexicana a Miss Universo, de la que una revista decía que “mostró sus imperfecciones como un grito de empoderamiento”, esto en referencia a que la chica se tomó una foto sin una gota maquillaje. Nunca entendí dónde estaba el empoderamiento en su “valerosa” acción, como tampoco lo encontré en las cientos de veces que se usó en los medios para referirse a dicho concurso de belleza.

 

Muchísimos casos similares los podemos encontrar todos los días en revistas de chismes, programas de TV, declaraciones políticas y campañas publicitarias.

 

Y así la industria del marketing toma un movimiento, lo arregla a su conveniencia, lo deja “presentable” y lo vende. Entonces, toda lucha social se transforma en una moda, como ser revolucionario pero no tener ni idea de historia: móntate una playera de “el Che” y listo. Agrégale “empoderamiento” a un discurso y lo disfrazas de feminismo.

 

El uso de este término surge con el feminismo de los ochenta, para referirse a la eliminación de las estructuras opresoras y la subordinación de género, sobre todo en el sentido de una movilización política.

 

De acuerdo con el Diccionario Panhispánico de dudas, “Empoderar(se)” es un calco del inglés to empower y se emplea en textos de sociología política con el sentido de “conceder poder (a un colectivo desfavorecido socioeconómicamente) para que, mediante su autogestión, mejore sus condiciones de vida”.

 

Dentro de la absurda lista de acciones que han tomado empresas o gobiernos para el supuesto empoderamiento de las mujeres están los siguientes ejemplos: en India le entregan una máquina de coser a las mujeres para “empoderarlas” mediante el autoempleo; el matrimonio Gates distribuyó pollos en países subdesarrollados con el mismo fin; asimismo, les fueron entregados conejos, peces y gusanos de seda a mujeres africanas para supuestamente sacarlas de la pobreza. Pero dichos proyectos no cambian en nada los tradicionales roles de género en los que se destina a la mujer únicamente a las labores domésticas.

 

Más allá de que empoderarse signifique adquirir el dominio y total control sobre nuestras vidas, debe abarcar el terreno de lo público; no basta con tener ciertas mejoras económicas, sino se trata de ocupar los mismos lugares que tradicionalmente se han pensado solo para los hombres.

 

En lo individual el empoderamiento no puede llegarnos dictado por las típicas convenciones de lo que se espera de una mujer; más bien es la mujer la que decide sobre su cuerpo, su forma de vestir, su sexualidad. Debemos sentirnos libres sin tener que recurrir a las imposiciones ideológicas como las que la industria de la moda trata de vendernos: “Esta es la fragancia que toda mujer segura y empoderada quiere”, “Victoria’s Secrets muestra la imagen de una mujer empoderada y fuerte”, “La nueva Miss Universo busca que las mujeres sean más inteligentes y empoderadas”.

 

Es un total espejismo de empoderamiento a través de los medios y la publicidad, en el que las supuestas mujeres empoderadas son la representación de los estereotipos que pregonan un único tipo de belleza (el occidental, por supuesto), exhortan al consumismo y cosifican la imagen femenina. Entonces, las empoderadas que nos venden son modelos, reinas de belleza, actrices y toda la que cumpla con las estrictas medidas y reglas de la moda.

 

El empoderamiento está tergiversado por completo en su concepción original, pues no se está logrando un verdadero cambio que ayude a las mujeres a tener mejores oportunidades económicas, laborales ni políticas.

 

El verdadero empoderamiento debe pasar de ser un mito a centrarse en la equidad de género, con programas que en realidad potencialicen el papel de las mujeres con roles activos en lo social y político. También debe contemplar un proceso de socialización desde la niñez, en la educación en la familia, que rompa con las barreras socioculturales y psicológicas que limitan a las mujeres. Tan solo pensemos en lo que se lograría si las niñas fueran educadas para que aspiraran a convertirse en lideresas del mundo y no en reinas de belleza.