Pildorita de la Felicidad

Mi monstruo favorito

Rodrigo Solís

Como si de un thriller de suspense se tratara, la reciente avalancha de acusaciones por acoso sexual en el medio del espectáculo, además de tenernos al filo de la butaca en espera de la nota que devele qué nueva luminaria será descolgada del firmamento, deja varios puntos patentes.

 

Uno, Hollywood confirma (finalmente) lo que nuestros abuelos sospechaban desde los días de las proyecciones en blanco y negro: el show business es controlado por viejos mañosos.

 

Dos, la primera y única vez que se tuvo noticia de una mujer acusada por acosar sexualmente a un hombre, ocurrió en la ficción, es decir, en el cine, bajo un título que no dejaba margen al equívoco (Acoso sexual), donde la acosadora era interpretada por el sex symbol del momento (Demi Moore, antes de cumplir mil años), logrando que el espectador masculino, en vez de sentir empatía por su presa (Michael Douglas, que ya había cumplido mil años), soñara despierto en la oficina con ser la víctima de las calenturas de su supervisora guapetona.

 

Tres, tras la cancelación de la exitosa House of Cards al probarse que el actor Kevin Spacey es un depredador sexual más perverso que el Presidente de los Estados Unidos (tanto el ficticio como el de la vida real), la audiencia calificó a los abusados de llorones oportunistas; me incluyo, aunque no tanto en el caso Spacey, sino en el de Louie C.K., a quien la admiración me hace verlo como todo un caballero por solicitar, antes de masturbarse en público, el permiso de las agraviadas.

 

Cuatro, en la reciente visita del cineasta Guillermo del Toro al Festival de Morelia, la única pregunta de la prensa que desentonó por no tener nada que ver con el contenido de su última película, fue cortesía de famosa-televisora-caracterizada-por-exponer-a-sus-empleadas-como-pedazos-de-carne, quien deseaba conocer, ni más ni menos, la opinión del ilustre invitado sobre la coerción ejercida por el productor Harvey Weinstein en las actrices y aspirantes a actrices del otro lado de la frontera.

 

Cinco, Woody Allen es, por mucho, mi monstruo favorito. Cometió incesto contra su hija, o eso es lo que asegura su otro hijo. Sin embargo, confieso que uno de mis deseos navideños que se repite año tras año (y éste no será la excepción), es que el genio neoyorkino siga desafiando a las leyes genéticas y los estatutos legales, y pueda continuar durante muchos años más creando obras de arte para la posteridad.

 

Seis y último, somos una sociedad de conveniencia, lo cual irremediablemente hará caer a mi monstruo favorito en las garras de la justicia, o lo relegará al confinamiento en un asilo de ancianos, no sino hasta el preciso momento en que sus películas puedan confundirse con las realizadas por un probo ciudadano o un padre de familia ejemplar, digamos un nombre al aire, Eugenio Derbez.