Un cuarto propio

¡Hey, Santa! Yo no quería un nenuco

Rakel Hoyos

Está muy próxima la llegada de Santa Claus a casa, a la de muchas solo llegaban los Reyes Magos porque “Santa” es gringo, explicaban los padres (¿Y acaso los Reyes son mexicanos?). Ya sea uno u otros, el día tan esperado te mantenía en el desvelo, no podías pegar pestaña esperando la llegada de aquellos señores que te traerían tus nuevos juguetes.

 

Para las niñas, nuestro escenario era casi siempre el mismo: Barbies, princesas, nenucos u otros muñecos o muñecas para jugar a ser mamás. Me sorprende lo mucho que han avanzado, ya hablan, lloran, les puedes cambiar el pañal, ¡hasta hay una muñeca que viene con todo y retrete! Características ideales para ir preparándonos para nuestro papel como futuras madres.

 

Cómo olvidar los tradicionales “trastecitos”, los hermosos juegos de té, las cocinitas, pues además de cuidar hijos debíamos tener presente que cocinar era otra de las tareas que nos esperaban.

 

Todo lo que hay en un hogar puede crearse en pequeño para que las niñas (ojo, únicamente las niñas) jueguen a ser una buena ama de casa que cuide a sus hijos, que se dedique a las labores domesticas, cocine y aspire a estar siempre bella, sonriente y presentable como una Barbie.

 

Las que tuvimos hermanos los vimos recibir videojuegos, carros, pistas, herramientas, muñecos de acción (superhéroes, personajes de caricaturas) y toda clase de juguetes que los impulsaran a ser valientes, guerreros y fuertes.

 

Y ahí estábamos envidiando lo que hermanos y primos recibían, siempre preguntándonos por qué esos juguetes no eran para nosotras.

 

Con juguetes más rústicos, pero a mi madre le pasó lo mismo; ella tenía los diminutos trastos para jugar a la “comidita” y su hermano los pequeños coches. Estoy hablando de unos cincuenta años atrás aproximadamente, en los que los juguetes solo han evolucionado en su presentación, pero no han cambiado en nada en su intención. La marcada división entre los que son para niñas y los que son para niños sigue siendo casi la misma.

 

Hay algunas marcas que han apostado por crear juguetes neutros o más incluyentes, pero solo echemos un ojo en las jugueterías o los catálogos para ver las pocas opciones para niñas que van más allá de las típicas muñecas, de los juegos para hacer manualidades, como pulseras o collares, para cocinar galletas o preparar helados. Incluso hay “carritos de limpieza” que incluyen hasta su aspiradora, igual que pequeñas cafeteras, tostadoras, microondas, cajas registradoras, set de lavandería. Todo inundado de color rosa, que se supone distingue a lo femenino.

 

Parece que las niñas no podemos jugar a ser superheroínas, combatir villanos, tener aventuras, combatir incendios o ir a la luna. Amas de casa, cocineras, estilistas, quizá hasta enfermeras o bellas estrellas pop, ese es el concepto que se tiene de las capacidades femeninas, concepto que empieza a cimentar las bases de los estereotipos de género.

 

Parecería que es natural esta tajante división, pero en realidad es una construcción social que inicia con los padres. Cuántas tuvimos que aprender a no enlodarnos, a no jugar “luchitas”, con todo el pesar a devolverle su tortuga ninja al hermano.

 

Impensable que a los niños se les ocurriera mostrar interés por una muñeca, un bebé, unos trastecitos o cualquier juguete “femenino”, porque la alarma de los padres se activaba inmediatamente, el temor a que se volviera “afeminado”, la burla, el impulso a obligarlo a que eligiera algo que representara su papel dominante.

 

Si nos preguntamos por la raíz del bullying, pues se debe en gran parte a esta imposición desde pequeños a inclinarnos por una identidad y a rechazar lo opuesto. Los niños desarrollan esa tendencia a burlarse del compañerito “débil”, a tildarlo de “nena”; relacionar a un chico con lo femenino es sinónimo de fragilidad, de falta de hombría, y obviamente será objeto de burlas y ataques tanto físicos como psicológicos.

 

Como niña tampoco te escapas del bullying, de ser la marimacho que juega futbol o prefiere los videojuegos a las muñecas.

 

Vamos creando así las expectativas para cada género, trazando sus características para que no se salgan del molde tradicional.

 

Estos juguetes representan un entrenamiento simbólico de lo que seremos de adultos. Cuando niños imitamos lo que vemos de nuestros padres y llegado el momento puede que cuestionemos estas imposiciones, pero si no, seguimos repitiendo patrones que nos colocan a las mujeres como las débiles y pasivas y a los hombres como los fuertes y dominantes, perpetuando la dominación de uno sobre otro género.

 

Si son los padres los que marcan las diferencias e imponen a su hijos los tipos de juguetes con los que pueden o no jugar, también son ellos los que deben ofrecerles un abanico de opciones sin distinción de género, que no fomenten el sexismo ni limiten su desarrollo. Aunque parezca difícil salirse de lo tradicional, pongo como ejemplo a mi pequeña amiga Frida, quien tiene entre sus opciones para pedir a los Reyes Magos: películas de ánime, una playera de David Bowie y el libro “Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes”.