Utopía

Dialogar con la gente para convencerla

Eduardo Ibarra Aguirre

Palabras más, palabras menos, de la anterior manera enunció su prioridad en precampaña por la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador, precandidato de la coalición Juntos Haremos Historia.

 

En tierras chiapanecas, Cintalapa, AMLO aseguró que no le importa polemizar con Carlos Salinas ni con Enrique Peña ni con nadie, “lo que queremos nosotros es dialogar más con la gente, con los mexicanos, que conozcan más la propuesta”.

 

A renglón seguido fue interpretado por los analistas interesados en las precandidaturas de José Antonio Meade –quien se mantiene en tercer lugar salvo en la encuesta de El Sol de México y los sondeos de sus amigos como Joaquín López-Dóriga–, y Ricardo Anaya, que ya está “perdonando” a Salinas de Gortari y Peña Nieto, a pesar de que al primero le volvió a enjaretar el título de “jefe de la mafia del poder y lo presume, es fanfarrón”. Para Héctor Aguilar Camín es sólo el villano favorito, a pesar de que el expresidente lo exhibió como malagradecido por todo lo que presuntamente recibió de su gobierno durante 1988-94.

 

Sin embargo, AMLO pone por delante “Voy a respetar el derecho que tienen de manifestarse, de criticarnos”. No habrá otro “¡Cállate chachalaca!” Tan festejado en sectores de la base de la pirámide electoral, y tan magnificado como error político, amén de la inasistencia al segundo debate de 2012, como algunas de las causas de la derrota electoral frente a Felipe Calderón, triunfo que aún hoy es inexplicable sin la parcialidad del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación –ahora se le señala como abiertamente priista–, el Instituto Federal Electoral –que mal presidía Luis Carlos Ugalde–, y la disciplinada mediocracia oligopólica con Televisa a la vanguardia.

 

Tras asegurar AMLO que “Los mexicanos son los que van a decidir, está en manos de los ciudadanos y van a decidir si quieren más de lo mismo o quieren un cambio verdadero; cambio sí o cambio no”, exigió al grupo gobernante y los decisivos poderes fácticos, a “la mafia del poder a que no azuce a la gente a la violencia, que se resuelvan nuestras diferencias de manera pacífica y por la vía electoral”.

 

Es una gran paradoja que el político más estigmatizado en 18 años como autoritario, mesiánico, populista y hasta loco, pida con toda tranquilidad que respeten las reglas del juego democrático, diseñadas y aprobadas por los que mandan.

 

Ojalá (Alá quiera) así sea, por el bien del futuro democrático de México, la ciudadanía no aguantaría otra percepción generalizada de fraude, como el cometido en 2012, misma que todavía mantienen muchos millones de electores y la nación paga sus consecuencias mortales 12 años después, porque la guerra contra el narcotráfico fue en buena medida para legitimar a Felipe Calderón en Los Pinos. Y no lo lograron, como es evidente, con todo y el temprano apoyo de George W. Bush.

 

La polémica es una de las características deseable de la contienda (precampaña y campaña), con todo y que son las emociones ciudadanas las que predominan. Y lo anterior explica el tipo de anuncios publicitarios en los que predominan el blanco y el negro, las ofertas de soluciones fáciles a problemas complejos.

 

Cada aspirante con sus equipos (cuarto de guerra, dice la vulgar copia de Estados Unidos) define los caminos y las formas que considera más pertinentes en el propósito central que es ganar votos y con ello, previo respeto escrupuloso de la voluntad ciudadana, una parte de los 3 477 cargos de elección popular.