Indice Político

EPN, y no Trump, quien más ha agredido a México

Francisco Rodríguez

Prudencia, moderación y cordura aconsejaban las abuelas a las niñas de antes. Era una regla de oro para las casaderas. Hasta eso se rompió en la política mexicana. Amanuense del entonces presidente del CEN del PRI, Juan Maldonado Pereda, el mítico Walt Disney de la grilla huehuenche --porque hacía hablar los animales-- guardó el secreto hasta la tumba. Hoy, los que debían esconderse reclaman paternidades ofensivas.

 

Así era. Juanito Maldonadojamás reveló los términos en que el galeno morelense le "daba línea"‎ cuando necesitaba un discurso cumbre: lo llamaba a su despacho y le espetaba "Juanito, ya sabe, la línea es Díaz Ordaz, Revolución, Díaz Ordaz y ¡zas, zas, zas!, ahora váyase a escribir".

 

Era casi un secreto de Estado, de esos que ahora nadie se guarda y algunos como Zedillo hasta utilizan para pedir prestado o para reclamar un puesto de turiferario al servicio de sus patrones, los empresarios gabachos de las líneas ferrocarrileras. O Calderón, para habilitarse de profesor en Harvard. O Salinas para culminar sus mamotretos.

 

Los secretos de Estado son un trapo viejo que los mandarines utilizan para barrer o trapear, según sea el caso. Todo se vale para engordar el bolsillo, para salvar la reputación personal o el nivel de ascendencia en el abarrote; para reclamar la participación en el moche, usted sabe.

 

Aun en estado terminal, el viejo PRI guardaba las formas

 

Hasta los presidentes del príato en retirada parían al candidato elegido por su dedo y se refugiaban en el ostracismo. López Mateos, sufriendo en la enfermedad terminal las ofensas del de Chalchicomula; Díaz Ordaz, apechugando las bravatas del ungido, que reclamaba las glorias de la masacre de Tlatelolco, pidiendo minutos de silencio a los estudiantes caídos durante su campaña michoacana.

 

El mismo Echeverría sufriendo el destierro en las islas Fiji, por querer reclamar su paternidad en el destape de López Portillo ‎y participar adelantadamente en el reparto del pastel. López Portillo, destapando y refugiándose en las melancolías del océano después de alumbrar al colimense.

 

De la Madrid, sufriendo todas las vejaciones de que fue objeto por los malagradecidos tecnócratas salinistas ungidos por su dedo. Aguantando los reclamos de viejos militares ofendidos por el descarriado pelón de la colonia Narvarte, en sus atrevimientos de gladiador contra la vieja guardia que lo había parido.

 

Hasta el felón Salinas de Gortari escondiendo la mano en el destape del traidor Zedillo, tapándose con la cobija de supuestos augures citados en Los Pinos para decantarse con los sectores del partido en la unción del cómplice en Lomas Taurinas. Todo un show macabro y deleznable, pero dentro de las formas.

 

Hasta el traidor Zedillo reclamando la sana distancia de su partido para acabar obedeciendo la orden de la transición llegada del gabacho, de la dinastía Clinton de Yale, para empoderar a salvajes más cómodos y sencillitos al Imperio.

 

Videgaray llena de basura el teleprompter; luego alaba a quien lo lee

 

Ahora, como en todo fin de ciclo, todo es lo contrario a lo establecido por los sabios del sistema desde tiempos inmemoriales. Ahora todo petimetre reclama las autorías, se arroga las paternidades, busca las candilejas de la oportunidad para significarse hasta en el oprobio, venga de donde sea.‎ En los momentos de la muerte todo mundo se endilga en la caravana de las miserias, y creen que el público no se da cuenta.

 

El Virrey Videgaray se ufana públicamente de ser quien inyecta la basura del contenido‎ del teleprompter peñista. Declara sentirse orgulloso de que el pelele recite de corrido una desastrosa comunicación que, queriendo ser una respuesta a las agresiones de Trump, resulta un acto amañado y servil, como todos los de esa estirpe entreguista y claudicante.

 

"Me siento orgulloso de escuchar a Peña Nieto hablar casi como un hombre de Estado", espeta el traidor, el autor de las líneas anexionistas más infamantes que se hayan escuchado en el último siglo mexicano. Radiante, ante la rendición, reclamando la autoría de la abdicación nacional en boca del de Atracomulco.

 

‎Hasta los comentaristas televisivos se avientan a señalar que las declaraciones contra Trump, igual que los procesos de la militarización mexicana "son coreografiados". A confesión de parte, relevo de pruebas. Los mexicanos ya ni necesitamos leer noticias para saber hasta dónde pueden llegar en su obsesión enfermiza por vender a la patria.

 

Todos alardean la paternidad del descaro. Desde Videgaray con Peña Nieto, hasta Peña con Meade, Videgaray destapa al pringado para adelantarse en el agravio, antes de que sea desplazado por otro más bocón. Yunes Linares se pachotea con el hijín en Veracruz con cargo a fondos públicos, protagonizando la titularidad del engendro monárquico de ungir al vástago incómodo.

 

Acuerdos del INE con Facebook y Cambridge Analytica, infamantes

 

Es un juego que más que parecerse al de Juan Pirulero o al del arte de birlibirloque, que alcanza los dinteles de los saltimbanquis, de los mercenarios de la legua. Hasta el impoluto Instituto Nacional Electoral reclama para sí la infamia de los acuerdos con Facebook y Cambridge Analytica para caer sobre el cadáver de los votantes no dados de baja en el listado de electores.

 

Como en el tango Cambalache, su mundo es una porquería. Hasta los contratados peñabots del cuarto de guerra digital se unen al coro de demandantes de las intrigas. Reclaman para sí las ideas pueriles en favor del pringado Meade. Son sepultureros a modo de la ocasión. Creen que palean bien sobre la fosa.

 

 

Las preferencias electorales sepultan a EPN, el responsable de todo

 

‎Enrique Peña Nieto es el responsable. El inició y encabeza el jueguito, la broma en la que se ha convertido un país destrozado, saqueado y acribillado por los mismos que ansían las marquesinas de la infamia. Ignorantes y ambiciosos de tres al cuarto en los que cayó el destino de una Nación agraviada y en pie de lucha.

 

Pero las preferencias electorales los sepultan. Al tiempo que escenifican estas barbaridades, las preferencias apuntan el desenlace: el 74% de la población con credencial de elector ha dicho que sí irá a las urnas el primero de julio de este año.

 

De ellos, el 43% ha señalado que votará por el puntero. Todo está dicho. Mientras los ignaros se arrogan paternidades de papel periódico y de pantallazos televisados, el pueblo reclama le den su lugar en la definición del futuro inmediato.

 

‎¿Usted, amigo elector, busca paternidades ñoñas o se decanta por el cambio de guardia?

 

Tiene la palabra.