Indice Político

Social y democracia, sarpullidos del sistema

Francisco Rodríguez

Una de las grandes asignaturas pendientes del sistema mexicano es la vigencia del estado de Derecho. Parece mentira pero es lo que es. A pesar de la severidad de la famosa observación kantiana de que el Estado sólo puede hacer aquello que la ley le autoriza, y el ciudadano lo que la ley no le prohíbe, en México todavía asusta esa aplicación elemental.

 

‎Para los mandamases de turno, los llegados de Atracomulco es, todavía y lo será mientras vivan, un mazacote indescifrable aquél aserto universalmente entendido, hasta por feroces carniceros, de que todo acto de autoridad debe estar fundado en una ley previa. Que la autocracia se acabó hace siglos.

 

Que todos debemos sujetarnos a la vigencia de la ley es algo que no les entra en las entendederas, porque su cabeza es más dura que una piedra de moler chile. Amenazan con mayor pobreza y hambre, con mayores devaluaciones, inflaciones y encarecimientos si su voluntad no se acata, como en los tiempos medievales del oscurantismo.

 

Meter reversa en sus insensateces es algo inaceptable, aunque recapacitar y corregir sea de sabios. Lo atribuyen a consejas populares, nacidas del resentimiento hacia los pudientes.‎ Aunque nos cargue el payaso con decisiones que sólo favorecen a los verdugos, usted más que nadie en el mundo, lo sabe.

 

Grupo Atracomulco: Los límites de la ley, dentro de sus bolsillos

 

Pero en sus concepciones, la única ley posible es la de la selva. De allá vienen y así les enseñaron durante toda su vida. El Grupo Atracomulco nació en un coleto injusto y despiadado: donde sólo la ley del más fuerte y del investido tenían la razón. Lo demás era marcha atrás. Todo lo que no redundara en su beneficio era en contra del progreso, como ellos lo entendían. Los límites de la ley estaban dentro de sus bolsillos.

 

Aún una concepción formal del estado de Derecho les causa sarpullido, la terrible enfermedad pueril de los chicos contrariados.‎ No puede ser, no es entendible que la ley se encuentre por encima de sus cabezas. No debe haber nada más poderoso que sus chicharrones, que el poder descarnado, conferido en mala hora.

 

Si supieran que las modernas concepciones del derecho político en todo el mundo ya impusieron la idea del Estado social y democrático de Derecho, se infartarían. Pensarían de inmediato que supone una condena y muchas sentencias inevitables contra sus personitas de cartón. Y sí, el derecho político está en boga.

 

Vivir dentro de las normas de un país ordenado es para ellos inaudito

 

No es un derecho que nace bajo el texto formal de la aplicación de la ley, de suyo peligroso para su libertad personal, sino el que nace de la suplencia de desigualdades formales, de la interpretación colectiva, de la imaginación y la emoción social para poder vivir en coexistencia pacífica.

 

Eso es inaceptable. Por allí no vamos hacia ningún lado, señalan, fustigan, inclementes y despiadados. Eso no nos lo enseñaron nuestros grandes maestros de la destrucción, los que abusaron casi un siglo de la miseria, los que viven ensañados sobre la desigualdad, sobre la ignorancia, sobre la indefensión pública.

 

Vivir dentro de las normas de un país ordenado es para ellos inaudito, aun cuando es universalmente sabido que formamos un conglomerado de más de cien millones de desesperados en busca de educación, seguridad, techo, alimento, justicia y bienestares mínimos, exigencias que ya no pueden solucionarse con recetas ñoñas y formales.

 

‎Pero no. Todo debe pasar primero por el cedazo del voluntarismo infantil, la vieja enfermedad del despotismo. Nada por encima del capricho y la rabieta. Ellos son los salvadores de la patria. Los que decidieron de un plumazo en el Castillo de Chapultepec por medio del bochornoso Pacto por México, entregarnos con todo y chivas.

 

Instalados en el pasmo, ante esquemas de armonía del derecho social

 

A pesar de que las sociedades informadas del mundo han venido desarrollando esquemas de convivencia en el derecho social a la vivienda, a la salud, a la alimentación, a la seguridad, cuando han experimentado y asimilado las luchas contra toda forma de discriminación, intolerancia y resistencia al cambio, para ellos no han pasado los años. 

 

A pesar de que en todo el mundo se privilegian los derechos de poblaciones abandonadas, mujeres, niños, ancianos, sectores en desventaja, en situaciones de calle, o con servicios médicos y legales insuficientes para ser protegidos por el aparato público atendiendo al espíritu reivindicativo de las leyes, ellos permanecen instalados en el pasmo.

 

Mandan en un mundo raro. Ese donde el derecho a la muerte asistida y las decisiones finales respetadas, el financiamiento a vulnerables, las libertades de manifestación, revocación de mandato, la protección al comercio informal de los necesitados, el seguro contra el desempleo, la protección a migrantes, indigentes e indígenas, así como la subrogación del Estado en su defensa judicial y jurídica les hace demasiado ruido. Ya dijeron que no les deja dormir el sólo hecho de que alguien pretenda revisar los efectos nocivos de sus atrevimientos anticonstitucionales.

 

Reformaron las leyes y perdimos la libertad; ¿sociedad sin mañana?

 

Nunca podrán entender que más allá de los límites estrechos de la ley formal, de las aprobadas por el cochupo y los compromisos, está primero cumplirla, y después, para quienes no quieran cumplir con su contenido y espíritu, queda la justicia social, el arte del acuerdo, la suma de voluntades, ya que vamos en el mismo barco a punto de naufragar.

 

El objetivo siempre es ampliar las protecciones sociales de manera solidaria, para afrontar las perniciosas heridas de las crisis morales, económicas, políticas, culturales que están arrasando con colectivos enteros. Detener esta masacre que amenaza con no dejar piedra sobre piedra.

 

La justicia social, derivada del derecho político moderno, usa el poder para modificar ecuaciones del sistema económico, con el fin de alcanzar resultados con valores éticos, los que las fuerzas del mercado por si solas no podrán lograr jamás.

 

En este país reformaron las leyes para perder la libertad, aglomerar sociedades sin mañana, sin impulsos reivindicadores, que instalaron en la cúpula unas camarillas de privilegiados, afincados sobre un derecho populista de subasta, coraza de proa de unos cuantitos, pasta del desprecio popular.

 

Propician el crecimiento anárquico industrialista y consumista, sacrifican el ahorro colectivo, relegan el papel del Estado a uno secundario, agudizan los problemas de las atestadas urbes, propician la delincuencia, ensanchan los cinturones de miseria, apuntalan la burguesía financiera y disminuyen el ingreso por habitante.

 

El desempleo acumulado, causado por las mismas insuficiencias del crecimiento, la injusticia en el campo y la ausencia de participación popular en la toma de decisiones vitales, aun establecido un concepto derrochador de populismo de derecha, de dictadura material que no se atreve a decir su nombre.

 

Amenazan: que pagaremos todos si ellos no acaban de vender al país

 

En nombre de un inexistente y fantasioso "Estado liberal" debilitan todo poder, abjuran del concepto de justicia social, del bienestar y del derecho a la sobrevivencia que merece todo hombre o mujer, sólo por el hecho de serlo.

 

Y todavía amenazan: si no seguimos vendiendo al país, las consecuencias las pagaremos todos los mexicanos, los de ahora y los del porvenir.

 

¡Qué huevos tan azules!‎ ¿Desde cuándo se preocupan por lo que le pase al pueblo? ¿Será que vienen las elecciones?

 

¡Vienen las elecciones! ‎¡ A ellos! ¿No cree usted?