Utopía

Cambiar de caballo a mitad del río

Eduardo Ibarra Aguirre

Que el jinete cambie de caballo a mitad del río y lo haga cuando la crecida está peligrosa, es por lo que optó el primer priista del país, Enrique Peña Nieto, no tanto para relanzar la campaña de José Antonio Meade, que algo intentará al respecto, como para concentrase en la batalla por dos de las ocho gubernaturas donde el Revolucionario Institucional es competitivo, pues en la mayoría está en tercer sitio de las preferencias, las senadurías, diputaciones, congresos y alcaldías.

 

Tiene razón el titular del Ejecutivo al asegurar: “Nadie negocia conmigo, yo soy presidente (qué obstinación de recordarlo siempre) y estoy dedicado a trabajar y a cerrar mi administración (30-XI-18). Los candidatos y sus campañas corren en otro camino…”

 

Lo anterior ante las versiones de que Peña, por un lado, y cinco magnates, por el otro, estarían negociando un acuerdo para la declinación de Meade Kuribreña y para apuntalar con “el voto útil” a Ricardo Anaya, circunstancia que negó con beligerancia verbal el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios, mismo que agrupa a los dueños de las 50 empresas más importantes y que emplean a un millón de mexicanos, uno de cada nueve de los empleos formales, es decir, los dueños del país.

 

Como lo marca la experiencia de las tres últimas elecciones presidenciales, se trata de acuerdos tácitos porque la legislación electoral fija plazos insalvables y los costos políticos serían mayúsculos para Meade y el PRI.

 

En lo que a la luz de los hechos no tiene razón el mexiquense de Atlacomulco (conocido también como Atracomucho), es en que “Los candidatos y sus campañas corren por otro camino”, pues el miércoles 2 se dio tiempo suficiente para correr de la presidencia de su partido a Enrique Ochoa Reza, el autor intelectual de los triunfos en las gubernaturas de Coahuila y estado de México con base a las clásicas prácticas del fraude electoral, pero de las que no quiso enterarse el Tribunal Electoral, con su mayoritaria fracción de magistrados proclives al Revolucionario.

 

Llegó René Juárez Cisneros tras el fracaso de la estrategia del grupo gobernante y su jefe, de colocar a un no priista como candidato tricolor a despachar en Los Pinos. El proyecto era atractivo, pero los priistas no atendieron la petición de “Háganme suyo” y los externos lo percibieron como priista, en buena medida porque la operación de Aurelio Nuño y Enrique Ochoa fue muy errática al poner el acento en la desprestigiada marca tricolor por encima del súper secretario en dos sexenios del PRIAN.

 

El guerrerense Juárez, vinculado a los caciques Figueroa y al intocado Ángel Aguirre –sellado por la desaparición de Los 43 en Iguala–, y más recientemente a Miguel Osorio Chong por recomendación de Emilio Gamboa, el otro intocado por la justicia, llega a rescatar lo que se pueda de una campaña presidencial del PRI, en medio de abundantes críticas porque no se respetaron los estatutos que la tecno-burocracia usa y aplica a discreción desde 1982, sólo que sin resistencia explícita como la padecida por Carlos Salinas con su partido de la solidaridad. Llega sobre todo para concentrase en estados, distritos y municipios para rescatar lo que se pueda en lo que apunta a ser la peor derrota electoral del tricolor desde 1929.

 

Y lo anterior sin contemplar que Andrés Manuel López Obrador, ya como presidente de México, como lo hizo Cuauhtémoc Cárdenas en 1997 en el Distrito Federal, opte por llevar a su gobierno, filas de Morena y/o alianzas a todos los priistas que se dejen.