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19 de septiembre de 2017: el día que cambió todo en Puebla

El 19 de septiembre de 2017 marcó a Puebla desde sus adentros, desde su punto más crítico. La unión de los poblanos posterior a la fecha no se compara con la emoción de los nervios, el miedo y el desconsuelo cuando a las 13:14:40 la tierra se movió intempestivamente sin aviso y sin piedad.

 

Todavía con los calores capitalinos provocados por el simulacro conmemorativo a la otra fecha fatídica, el 19 de septiembre de 1985, quienes vieron a bomberos, policías, rescatistas y hasta heridos, todos ellos simulando, no podían creer que 32 años después la tierra se moviera una vez más y esta vez con la promesa de terminar con todo.

 

En punto de las 13:14, un ruido repentino cimbró a la capital poblana y buena parte del estado. De buenas a primeras se escucharon en todos lados los estruendos de la tierra y la gente corriendo intentando quedar a salvo.

 

En menos de los tres minutos que duró el sismo, el centro de Puebla se volvió una plaza pública. Las calles llenas de gente contrastaban con el día hábil que tendría las mismas avenidas abarrotadas con autos y vendedores como cualquier otro martes. Gente corriendo y gritando fueron los primeros sonidos que ensordecían el desconcierto por el terremoto que golpeó a los poblanos.

 

El intenso calor se tapó con una nube de polvo que de repente se elevó por el cielo del Centro Histórico, producto de los primeros derrumbes y la gente que salía corriendo de lado en lado.

 

Para las 13:45 horas, poco más de media hora después, se escuchaban los primeros reportes de fallecidos en Puebla. Personas a las que pedazos de edificios les habían quedado encima irremediablemente.

 

De pronto, todo ese movimiento que se había visto a las 11:00 horas producto del simulacro, se volvió una realidad en toda la ciudad. Las sirenas eran la constante en los primeros recorridos que ya tenían las primeras misiones de rescate.

 

Las calles tenían la misma dinámica en todos lados: piedras sobre los autos, piedras sobre el pavimento, basura, tierra, puestos tirados, acordonamientos improvisados que no servían más que para despistar. Todo era un desorden total.

 

Los minutos pasaron y el miedo se volvió tensa calma mientras miles de personas buscaban desesperadamente a sus familiares a través del teléfono. El Centro se fue vaciando poco a poco y en sus calles quedaron unos cuantos que seguían caminando buscando dónde ayudar, dónde apoyar, dónde buscar un poco de agua y comida.

 

Mientras, autoridades supervisaban y sobrevolaban la ciudad. Hasta las 15:00 horas fueron reportados cuatro muertos en la capital y llegaban los reportes del interior del estado sobre una iglesia colapsada, un pueblo destruido y decenas de inmuebles caídos.

 

Un minuto después, también aparecía la información de la Ciudad de México. Ahí, las imágenes de edificios caídos significaban una ola de destrucción más grande de lo esperado.

 

La desesperación se hizo presente conforme el sol se ponía y mientras, aparecían familias necesitadas de ayuda.

 

Para la noche, autoridades seguían supervisando casas, lugares y albergues. Todos superados por la sociedad que ya había hecho suya la ayuda y la emergencia. Sin pensarlo dos veces, salieron de sus casas y se instalaron informalmente en el zócalo, en las plazas, colonias, etcétera, con una sola misión: ayudar.

 

La misión no fue fácil, fueron días y semanas de intenso apoyo a todos los sectores, pero siguió la estela de emociones y de miedos por los daños que dejó el sismo y por las noticias que surgían de lo que dejó a su paso.

 

Al final, nueve personas perdieron la vida en la capital, 46 en todo el estado. Pueblos quedaron devastados y olvidados al grado de que hoy, a un año del fatídico 19 de septiembre, siguen en la lucha por levantarse una vez más.

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