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Utopía

Tormenta o llovizna

Eduardo Ibarra Aguirre

A la crema y nata de los intelectuales comprometidos con el modelo económico y político dominante en los últimos 36 años, coloquialmente denominado neoliberal, cuando en rigor es capitalismo salvaje, les resulta difícil acostumbrarse, obvio que críticamente, al estilo personal de gobernar de Andrés Manuel López Obrador.

 

Por lo visto se acostumbraron a la variedad de los estilos desarrollados desde Miguel de la Madrid (nervioso, aparentemente gris e inquieto en actos políticos) hasta Enrique Peña Nieto con su inseparable teleprónter, los actos faraónicos y un afán de parecer muy ejecutivo.

 

Se comprende que aparte de los intereses profesionales y mercantiles, cada vez les cueste más esfuerzo despojarse de los esquemas con los que leyeron la realidad durante casi cuatro décadas, mas pueden ser rebasados por la terca y compleja realidad si persisten en interpretarla en forma sesgada, por el apego a intereses propios y de patrocinadores.

 

Esto es pertinente decirlo ahora que los contratistas afectados por la cancelación del proyecto aeroportuario de Texcoco y el impulso al de Tizayuca, llegaron a un acuerdo con el presidente electo.

 

Primer acuerdo general que después de la tormenta articulada desde el Consejo Mexicano de Negocios –con la cachucha del Consejo Coordinador Empresarial y de la Confederación Patronal–, y promovida desde el duopolio de la televisión –mismo que refrendó las concesiones estatales dos años antes de que se venzan y por 20 años más– y desde el oligopolio radiofónico, evidencia que los afectados aceptaron, como era previsible, la cancelación del proyecto Texcoco y participarán en la licitación, pero no en automático como grita el trio los Aguilar.

 

Los inversionistas que negociaron con AMLO, incluido el cuñado de Carlos Salinas, Hipólito Gerard, representan el 92% de los contratos de Texcoco que se cancelarán. Por eso ante la pregunta reporteril “¿Ya pasó la tormenta?”, el tabasqueño de Macuspana dijo: “Llovió un poquito, lloviznó, pringó, dirían allá en mi pueblo”. Lenguaje directo, llano que genera escozor en intelectuales famosos.

 

Y un señor de plano le recomienda, sin mediar solicitud de asesoría que está de moda brindarle, que el “señor presidente” no debe, no puede ejercer el derecho de réplica frente a los medios y los colegas, derecho que brilla por su ausencia para los mexicanos más comunes que corrientes, conocidos como de a pie, a tono con los condicionamientos que impuso el oligopolio mediático en la ley respectiva.

 

Como es su costumbre, López Obrador agarró el toro por los cuernos con la muy debatida portada del semanario Proceso “AMLO se aísla. El fantasma del fracaso”: “Se adelantaron un poquito. No pasa nada, porque esa revista pierde prestigio por esas desmesuras, por el amarillismo, por el sensacionalismo”. E insistió por enésima ocasión que “se habla mucho de la libertad de expresión y se niega la posibilidad de la réplica. Quisieran estarnos cuestionando y que nos quedemos callados. No. No va a ser así”.

 

Es otro estilo de gobernar el del presidente electo que recibió en las urnas un respaldo sin precedente tanto en números absolutos como relativos. Y ésta es una de las tantas razones básicas, además del proyecto gubernamental, para el golpeteo sistemático, como lo hizo torpemente el banco suizo UBS al inventarle propósitos releccionistas. “Se va a cumplir la revocación del mandato. Nada de que están inventando cosas y habrá relección y se quedará más de seis años”, respondió el casi presidente.

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