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Dolores Hidalgo, donde “la vida no vale nada”

Dolores Hidalgo, donde “la vida no vale nada”

El mexicano promedio tiene arraigado el gusto por la música popular mexicana, probablemente en alguno de sus genes, en su sangre, en su corazón o en sus vísceras. Algunos lo ocultamos o intentamos hacerlo; sin embargo, cuando el tequila y los festejos patrios llegan, gritamos a garganta abierta y cantamos con el corazón en la mano y justo, eso es lo que me entusiasmó de viajar a Dolores Hidalgo, Guanajuato.

 

Al principio, el plan era filmar un documental sobre el gran maestro José Alfredo Jiménez, uno de los grandes diestros de la música mexicana, quien como compositor produjo más de 200 canciones, que como intérprete hizo famosas con su gran estilo y con el estilo de otros que ya se habían consagrado, pero la travesía se convirtió en un tributo, conocer su tumba y cantarle una canción.

 

El camino es siempre divertido cuando se escucha música. Los kilómetros pasan rápido y “a pesar de la enorme distancia” –como dijera José Alfredo-, llevamos 40 de casi 320 que hay que recorrer. Aproximadamente 150 andados desde que comenzó el viaje, llega el momento de nuestra primera escala que, por cierto, no es solo técnica, se trata de recargar energías. Me refiero a la barbacoa Santiago, en San Juan del Río.

 

A pie de carretera, pasando la caseta de cobro llamada Palmillas, se puede encontrar una zona de restaurantes de todo tipo, desde carnitas (carne de cerdo frita en manteca), pasando por gorditas queretanas (tortillas de maíz pequeñas con otros ingredientes), hasta pulque (bebida fermentada del maguey), artesanías regionales, tamales y por supuesto la deliciosa barbacoa.

 

La carne es suculenta, desde la entrada se puede ver subir el aromático vapor que emana de los platos de consomé. Nuestras bocas y las de otros que están formados detrás de nosotros esperando ingresar a este templo de la nutrición salivan por la necesidad imperiosa de probar al menos un bocado. Vemos con atención y ansiedad como los comensales desprenden la carne de los huesos al tomarla con la tortilla… y luego de unos minutos de espera, por fin la gloria. Nos eligen para entrar.

 

- Mesa para dos ¿verdad? –Dice el mesero y nos señala con la mano la puerta-

 

- Sí, muchas gracias

 

Por fin dentro, pedimos casi de todo, comenzando por dos tacos de barbacoa y uno de pancita, una quesadilla de queso, un refresco, una cerveza y, por supuesto, un par de consomés.

 

El mesero llega con varios platos, dos de ellos con pencas de maguey para mantener la temperatura y el sabor de los tacos. La mesa destaca por su colorido, la salsa roja de chile pasilla, además de ser una delicia, contrasta con los colores, verde, café y blanco del consomé. La comida fue vasta, no da lugar ni a pedir postre. La energía se ha recargado, es hora de volver al camino.

 

Hemos transitado 45 minutos y ya dejamos atrás a la capital queretana. El estado de Guanajuato nos abre los brazos en señal de bienvenida. Un cielo guanajuatense completamente aborregado nos saluda de manera espectacular, es cierto, con mucho calor, pero con bastante viento refrescante. Estamos simplemente maravillados, hay espacio para cantarle a mi amada Karina, “tú y las nubes me traen muy loco, tú y las nueves me van a matar…”

 

Luego de un rato, sin darnos cuenta, entre melodías, anécdotas y planes de viaje, nos vemos dentro de la hermosa Sierra de Santa Rosa. Y como era lógico, pido que ponga “Caminos de Guanajuato” en el reproductor del auto, porque bien dijo el poeta popular de estas tierras, “ahí nomás tras lomita, se ve Dolores Hidalgo” y es ahí donde estamos llegando.

 

El centro de la ciudad es un lugar pintoresco, lleno de carritos de nieve de muchos y apetecibles sabores. El calor estimula la necesidad de algo fresco y pedimos una. Yo de vainilla, una tradicional, Karina, gran admiradora del maíz, saborea una de elote, desconocida por nuestros lares.

 

Retomamos camino, pues el objetivo primordial es el Mausoleo de José Alfredo Jiménez. En 10 minutos estamos estacionados afuera del panteón municipal, nuestro destino final de este viaje.

 

La puerta está coronada por puestos ambulantes de suvenires, prácticamente todos dedicados a José Alfredo, desde el caballito para tequila, la tasa, el tarro, el cinturón, el llavero, el porta retratos…Llévelos!

 

Adentro, sin mariachis, sin bebidas alcohólicas, todo respeto y admiración, un colorido mausoleo atrae la atención y siguiendo el flujo de los visitantes, caminamos unos 20 metros desde la entrada para acercarnos a un sombrero de charro grandísimo de piedra, que en su interior tiene una cruz azul vidriosa en forma de garganta. Esa es la tumba del maestro.

 

No traje tequila y qué mejor, la guía de turistas nos explica que la muerte del compositor de El hijo del pueblo fue por una dolorosísima cirrosis hepática, que muy probablemente fue provocada por su vida de fiesta y bebida. Un minuto de silencio es mi ofrenda para el maestro, pues no hay siquiera lugar para dejarle flores. Me queda claro que aquí, como en León, Guanajuato, “la vida no vale nada”.

 

Nos retiramos con el mismo respeto y admiración con el que llegamos, pero con la satisfacción de haber cumplido con una huida que antaño se había planeado.

 

Viajar es un deleite y más cuando se hace en compañía. Lo espero en la próxima Crónica Turística y le dejo mi correo electrónico para cualquier comentario o sugerencia trejohector@gmail.com

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