Gobiernos se olvidan de la Revolución

Gobiernos se olvidan de la Revolución

Foto: Xinhua

Uno de los hechos históricos más importantes del calendario mexicano fue minimizado este viernes por casi todas las autoridades del país. El inicio de la Revolución Mexicana, principio de la época moderna del país, fue relegado a la celebración de una fecha meramente simbólica.

 

La segregación del 20 de noviembre inició desde el año 2000, cuando los gobiernos panistas se instalaron en la presidencia de la República y desde allí enviaron a un segundo término este festejo. Después, en el año 2010, centenario de la Revolución, la memoria panista se quedó corta en comparación con el derroche y la fastuosidad mostrada por el gobierno de Calderón para el bicentenario de la Independencia.

 

Desde entonces y hasta la fecha, el festejo por el inicio de la Revolución se ha ido apocando. La celebración de esta gesta, marcada en el calendario para el 20 de noviembre, se ha modificado para el tercer lunes del mismo mes, ocasionando que el festejo se minimice y que los mexicanos muchas veces ni siquiera sepan por qué están descansando.

 

Un descalabro mayor recibió el festejo en el año 2014, cuando las circunstancias de crispación social que se vivían en el país con motivo de la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa, sumadas al enojo que prevalecía en el pueblo por el conocimiento de que la primera dama poseía una mansión valuada en decenas de millones de dólares, obligaron al gobierno a suspender un desfile conmemorativo.

 

El Desfile del 20 de Noviembre, militar y deportivo era uno de los aspectos más festejados por los mexicanos, especialmente por los que viven en la Ciudad de México. Año con año, los capitalinos acostumbraban salir a las calles para contemplar la parada militar y ver de cerca a deportistas famosos. Pero en el 2014, este desfile no tuvo lugar.

 

El anuncio de una marcha multitudinaria que amenazaba con desbordarse —y que de hecho se desbordó—, la cual contaba con el antecedente de una turba que prendió fuego a la puerta del Palacio Nacional, fue motivo suficiente para pensar en un escenario de rebeldía o insurrección social, que obligara al gobierno a guardar prudencia.

 

El presidente prefirió esconderse en el Campo Marte —"oculto bajo el manto de todas las estrellas de la generalada", afirmó la senadora Layda Sansores— donde entregó condecoraciones y ascensos, pero sin exponerse al escarnio de una sociedad que había llegado a su nivel más alto de hartazgo. La Casa Blanca y Ayotzinapa eran motivos suficientes para pensar que ese no era momento de festejo y, así, la sociedad en México "festejó" de otra forma el inicio de su revolución.

 

En la memoria histórica han quedado para la posteridad las imágenes de una turba que, desde el corazón de la república, le prendió fuego a una efigie del presidente, en medio una hoguera que alumbraba los rostros de miles de ciudadanos que apenas si estaban conscientes de que eran testigos de la historia. Pero ese simbolismo solo sirvió para anunciar el fin de un festejo, ya que este año, por segunda ocasión, no se llevó a cabo el desfile.

 

Enrique Peña Nieto volvió a presidir la ceremonia conmemorativa desde el Campo Marte y desde allí entregó ascensos y condecoraciones. Pero el festejo por el 20 de noviembre comienza a convertirse en una fecha más bien mediana, que se recuerda de forma mínima y solo obligatoriamente y que en todos los niveles de gobierno casi pasa inadvertida.

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