Los atentados ocurridos en Bruselas el pasado martes le recordaron al mundo su vulnerabilidad y, al mismo tiempo, permitieron a los ciudadanos tener presentes que hay una amenaza feroz y latente allá afuera, disfrazada por el fanatismo de las creencias religiosas.
Si después de los atentados en París en noviembre de 2015, que supusieron un abrir de ojos para los gobiernos de todo el mundo y el inicio del combate “radical y sin treguas” contra el Estado Islámico, las fuerzas extremistas lograron romper con el cerco de seguridad que rodea a países como Bélgica, es posible que un tercer gran atentado se vuelva a repetir.
Porque en el fondo el mensaje del Estado Islámico es ese: si pudimos con países tan poderosos al interior de la Unión Europea, podemos con cualquiera. Y una de las fortalezas de este grupo radical islamista es la penetración que tienen en la ideología de los ciudadanos nativos de estos países, quienes se han prestado como instrumentos de guerra contra sus propios paisanos.
Después de París y Bruselas y tras detener a un nuevo terrorista que buscaba ejecutar un plan de ataque contra la ciudad luz, el mundo se pregunta: ¿qué país será el siguiente?