La boda de Dulce y César

La boda de Dulce y César

La reacción del presidente electo sobre la crítica y hasta airada reacción que suscitó en los medios de comunicación, incluidas “las benditas redes sociales”, el despliegue publicitario que dio la española revista ¡Hola! a la boda de César Yáñez, el más discreto y cercano colaborador de Andrés Manuel López Obrador en los últimos 18 años, es correcta pero del todo insuficiente.

 

A saber: “No me casé yo, fui invitado, asistí, cada quien es responsable de sus actos… no fue una acción de gobierno, se trata de un evento social, privado”. Más aún: “Los cuestionamientos provienen de nuestros adversarios quienes buscan cualquier error… vamos a seguir actuando con integridad, con principios, con honradez y con austeridad republicana”.

 

Formalmente tiene razón, pero el hecho privado que hicieron público los novios –igual que como procedió Angélica Rivera con la Casa blanca de ella y Enrique Peña–  en la revista del corazón y la frivolidad de los millonarios de México y de cualquier país que atraiga anunciantes y lectores, si bien es responsabilidad de Yáñez y su esposa Dulce Silva, una exitosa empresaria poblana, en aquel instante dejó de ser privada la boda y se transformó en asunto público de la primera importancia, porque permite someter a juicio crítico eso que Obrador llama “austeridad republicana”.

 

Juicio crítico que no necesariamente apunta en dirección a enmendar el error cometido por los ahora esposos, sobre todo Yáñez por su estrecha cercanía con AMLO, sino que como dijo éste: “Los cuestionamientos provienen de nuestros adversarios quienes buscan cualquier error”. Y los errores se pagan en política y en cualquier ámbito, pero en el primero es el ABC de la acción pública y hasta una obligación de los partidos opositores, hoy bastante reducidos incluso a una condición testimonial y, por ello, hambrientos de yerros de Morena y el próximo gobierno, para capitalizarlos a su favor con el auxilio de abundantes medios que son afines.

 

A 54 días de la toma de posesión, López Obrador y su equipo político reciben abundantísimas muestras del aparato mediático oligopólico de que le cobrarán puntualmente todos los errores que cometan y aun los inventados.

 

Todo indica que allí estará el mayor contrapeso, después de la terca y compleja realidad mexicana, al próximo titular del Ejecutivo federal que lo conquistó con el 53 por ciento de la votación, lo que le permite tener mayoría en el Legislativo federal y en los estados.

 

No está nada mal que el oligopolio de los medios juegue un papel de contrapeso, el problema es que como lo muestran en forma reiterada los países al sur del Suchiate, destacadamente Brasil, por lo general es para defender intereses oligárquicos, contrapuestos a las sociedades de América Latina y el Caribe.

 

Y en el puntual seguimiento del quehacer de Obrador y la revelación de errores y contradicciones propios y de su equipo, también juega la puja por la pauta publicitaria entre los componentes del duopolio de la televisión y el oligopolio de la radio, pues desde temprano AMLO anunció la reducción a la mitad del presupuesto en comunicación social: “Poquito porque es bendito”, fue la frase.

 

Otro aspecto es que en el país de la simulación hecha conducta pública y privada, en la más vigorosa institución antiética, la irritación no es por el hecho en sí. La crítica y enojo es debido a que se dio a conocer la boda con los 600 invitados, en lujoso hotel poblano, con un costo de entre 10 y 13 millones de pesos (Proceso). Háganlo, pero sin exhibirse, pareciera ser la hipócrita fórmula que sugieren.