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A golpes de razón

Tres historias para valorar la amnistía

Miguel Ángel Cordero

Ana María tiene 14 años. Está preocupada porque el Coronavirus podría privarle de su fiesta de Quince Años, en noviembre.

 

Espera que para entonces ya esté controlada la pandemia.

 

Con su amiga Fernanda chatea todos los días, se hacen videollamadas y bromean acerca de Carlos, el niño que a las dos pequeñas les gusta.

 

Un afiche de un grupo coreano adorna su cuarto, y le dice a su amiga -aún por video llamada- “espérame, mi mamá me llamó para que vaya a comprar algo a la tienda”.

 

Su amiga le espera en la computadora, pero Ana María no regresa.

 

Fer mira videos, una serie y hasta olvida que tiene abierto el videochat con su amiga.

 

De pronto escucha gritos, llanto. Más gritos y se corta la transmisión.

 

***

 

Juan tiene 32 años. Ve correr a su pequeño Juanito a lo lejos, allá por donde acaba de sembrar maíz.

 

-No te vayas tan lejos, mijo- le grita y sonríe.

 

Sus manos morenas agarran con fuerza el azadón y contempla el atardecer.

 

El olor de la tierra mojada y de madera quemándose en su casa le parece el mejor de los perfumes.

 

Pero la sonrisa de Juan cambia por una mueca de extrañamiento.

 

Un par de camionetas, con hombres de aspecto patibulario, se acercan.

 

Y le grita rápido a Juanito.

 

- Métete a la casa hijo. ¡Métete! No, carajo, no por favor

 

Ya es tarde.

 

***

 

Andrea es guapísima. Delgada, alta, china.

 

Tiene unos ojos negros profundos e inteligentes.

 

Por eso Karla está enamorada de ella y le admira cuando habla, cuando arenga a la gente.

 

Andrea es una activista sin igual. Amable, cariñosa con su novia, pero también aguerrida en la defensa de sus ideales.

 

Juntas, tomadas de la mano, están gritando, cantando, para llamar la atención de las autoridades sobre el crecimiento en el índice de feminicidios.

 

También piden respeto a los derechos de su comunidad.

 

Karla mira a Andrea y justo cuando piensa que no podría ser su novia más hermosa, la carcasa del gas lacrimógeno golpea de lleno en su cara.

 

Los granaderos han llegado de manera abrupta, violenta y sin contemplaciones.

 

Karla no llora. Solo grita, abraza a Andrea mientras se van corriendo y en el camino, para abrirse paso y salvarla, patea a un policía, golpea a otro. Solo piensa en llevarla al médico cueste lo que cueste.

 

De pronto, todo se pone negro.

 

***

 

Ana María fue violada y sus padres, tratando de cuidar su niñez y su estabilidad emocional, buscaron a médicos para un legrado. Tras la operación, alguien les acusó y ahora la pequeña y los médicos que le atendieron están en prisión.

 

Juan se puso furioso cuando el ex comisario ejidal y cacique de la zona tomó a su hijo por las manos para amenazarle y quedarse con sus tierras. El campesino defendió su tierra y a su pequeño a golpes y terminó en la cárcel, tras clavar el azadón en uno de los esbirros del cacique.

 

Karla y Andrea despertaron en prisión por diversos delitos cometidos en las protestas. Solo buscaban compartir sus derechos hasta la vejez.

 

En estas tres historias ficticias, la idea de ver a sus protagonistas en prisión luce injusta.

 

Y lo es. A la luz de estos ejemplos es posible observar cómo las leyes influyen en nuestra vida.

 

Los “crímenes” cometidos por nuestros protagonistas ya no serán tales de acuerdo con la iniciativa de Gabriel Biestro Medinilla.

 

En la nueva ley, se ofrecerá amnistía a médicos o madres que interrumpan su embarazo, a personas que defiendan su tierra o a mujeres y hombres que hayan sido detenidos por delitos políticos (protestas).

 

La lectura de una iniciativa o propuesta legislativa puede parecer demasiado técnica.

 

Lo importante es hacer visible la transformación las vidas de las personas que ocurriría con el cambio legal, en este caso la nueva ley.

 

Hay que ponerle nombre, imágenes, alma a cada uno de los artículos detrás de la legislación.

 

Con la propuesta del morenista Gabriel Biestro, Ana María podrá superar su trauma sin ver el rostro del violador en un hijo, Juan saldrá libre por haber defendido su patrimonio y Karla y Andrea seguirán juntas hasta su vejez.

 

Si le ponemos rostro a las leyes, podremos entender mejor su trascendencia.

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