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Indice Político

Díaz, el Caudillo que nunca salió del país

Francisco Rodríguez

Porfirio Díaz nunca salió del país. Cuando se entrevistó con el presidente William Taft, el encuentro fue programado de manera que el gabacho tuviera que venir a Ciudad Juárez ‎para hacerlo. Repleto de medallas de guerra, Díaz se comportó con la estatura de un Jefe de Estado. Esquivó diplomáticamente toda referencia a los asuntos más espinosos de la relación bilateral.

 

Jamás se mencionó, relata un testigo presencial, Miguel Alessio Robles, nada que tuviera que ver con las concesiones carboníferas de la Bahía de la Magdalena, el salvamento al presidente nicaragüense Santos Zozaya, la franja de El Chamizal que nos arrebatara el Río Bravo, ni el acercamiento de México con Japón. Los altos asuntos de Estado se mantuvieron al margen. Díaz brincó ‎la vara.

 

El dictador siempre supo de las simpatías y preferencias del presidente Taft por Madero. Y aunque Pascual Orozco preparaba el asalto a Ciudad Juárez y el inicio formal de la Revolución, Porfirio Díaz nunca se mostró sumiso ni incondicional con el representante del Imperio floreciente. Y no fueron simples cuestiones de estilo.

 

Porfirio Díaz nunca se arrastró delante de algún presidente ajeno que despreciara y denigrara tanto a los mexicanos. Nunca declaró una cosa e hizo otra. Nunca fue obligado a hacer la talacha que debían hacer los gringos.

 

Nunca fue jaloneado como una mascota de la RCA Víctor para acudir presuroso y así complacer a algún segmento del electorado gabacho. Hasta un dictador tiene límites… no como ahora.

 

La invención de los Niños Héroes de Chapultepec

 

‎Décadas más tarde, cuando en el sexenio de Miguel Alemán, también reacio a salir, el rector de la UNAM Salvador Zubirán se negó a darle al presidente Harry S. Truman un doctorado Honoris Causa, el de Sayula lo corrió y puso en su lugar a Luis Garrido, para que recibiera al visitante con tronío. Para su vergüenza, el gabacho nunca se apareció.

 

Cuando Truman por fin vino a México, a bordo de su avión "La vaca sagrada", cien años después de la invasión norteamericana, se le ocurrió colocar una ofrenda floral ante el monumento a los Niños Héroes, recién develado por Alemán para simbolizar la gallarda defensa del Castillo de Chapultepec. Nunca se comprobó que esos adolescentes hubieran existido.

 

Pero Miguel Alemán " descubrió " los seis cadáveres de los Niños Héroes, al pie del montículo principal del Castillo, coincidentemente, desafiando toda lógica, haciendo una inauguración de las acostumbradas y rindiéndoles homenajes dignos de Cantares de Gesta.

 

La misma noche que Truman visitó la tumba de los ya famosos aguiluchos ‎y que había depositado a sus pies las ofrendas florales de rigor, un grupo nutrido de cadetes del Heroico Colegio Militar, en desagravio, fue a tirar las flores a las puertas de la embajada de los Estados Unidos. En ese tiempo pocos se chupaban el dedo.

 

Y la estatua de Alemán en CU estalló en añicos

 

Por sus méritos a lo largo del sexenio, los gabachos tuvieron que inventar un reconocimiento especial al llamado Dientón de Sayula, ese fue el de "Míster Amigou", para corresponder a sus empeños contra el país. Así se las gastaban. Ese era el tamaño de las frivolidades.

 

No obstante, la estatua de bronce --cuerpo entero, togado, de Miguel Alemán--, inspiración del artista Ignacio Asúnsolo, duró en la explanada de la Ciudad Universitaria de la UNAM lo que dura un soplido.‎ La dinamitaron dos veces, hasta que José Luis Alonso –quien a la postre sería dirigente del PRI-DF en la época de José López Portillo-- la voló definitivamente hace cerca de sesenta años.

 

Reelección, por engolosinamiento con el poder

 

‎Sabiéndose apapachados por el gabacho, casi dos años anduvo Rogerio de la Selva, secretario particular plenipotenciario de Miguel Alemán, promoviendo desde Palacio Nacional la reelección del jacarandoso veracruzano o, ya de perdida, la prolongación de su mandato.

 

Alemán se había engolosinado con el poder. Su enfermiza frivolidad lo hacía creer que “era el hombre esperado por la Providencia “, según llegó a decir Alejandro Carrillo Marcor, diputado sonorense de aquel tiempo. Alemán se dejaba querer por toda la cauda de lambiscones del régimen de la modernidad.

 

Cuando el periodista Carlos Denegri llegó a preguntarle si era cierto lo que andaba diciendo Rogerio de la Selva, Alemán le reviro que él no sabía. Sólo entornaba los ojos y recordaba que su papá había muerto impidiendo la reelección de Obregón, y que no podía manchar su memoria.

 

No faltó quien escribiera que el general Alemán, padre del susodicho, había muerto en una balacera de cuatreros, allá por Sayula, Veracruz, en una covacha de Entrambasaguas, cuando un pistolero privado le dio callo. Cosas de cuatreros. Nada político ni anti reeleccionista.

 

Y los gringos dejaron solo al “Míster Amigou”

 

Como todos los mitos del alemanismo, el de la no reelección también tronó por la boca. Cándido Aguilar, yerno de Venustiano Carranza, salió a gritar, después de un acuerdo en Palacio, que Alemán le había dicho que sí quería la mano de Doña Leonor... ¡y ardió Troya!

 

La campaña reeleccionista de Alemán pendía de un hilo. Él aguardaba una guerra desatada por los gabachos, como la que favoreció al capitalismo ñoño de Manuel Ávila Camacho, con objeto de tomar los bríos necesarios para "luchar en favor del país ". Se le volteó el chirrión por el palito.

 

En junio de 1950, cuarto año de gobierno, los gringos invadieron Corea. Todos los alemanistas le prendieron su vela a San Mamerto, el de las causas desesperadas. Creían que los gabachos llevaban las de ganar, que iban a arrasar, favoreciendo su campaña reeleccionista. Se equivocaron, Kim Il Sung le dio a Mac Arthur hasta por debajo de la lengua.

 

Y en el PRI decían a Alemán que no, pero sí

 

Pero seguían diciendo que atrás del alemanismo servil había una "enorme ideología". Muy parecido al guatemalteco Epigmenio Ibarra, al nicaragüense Rogerio de la Selva se le había ocurrido que la idea reeleccionista debía descansar en un peculiar concepto de soberanía.

 

Tuvo la puntada, a punto de ser trágica, de que fundando un nuevo partido, el P39C, podía asirse del concepto del artículo 39. Constitucional, que hace depender la soberanía del pueblo.

 

El general Rodolfo Sánchez Taboada, líder del PRI y mecenas de Echeverria, quiso hacerle al Canela, y amenazó públicamente a todos los militantes que fueran reeleccionistas, con expulsarlos de sus filas, pero no desechaba la posibilidad de perdonarlos si Alemán se decidía por ceder a esa tentación.

 

La historia siempre se impone a los deseos de los caudillos

 

Ésa fue la regla de oro de la defección: ser leal a la Constitución hasta que los intereses decidieran otra cosa, pues en ese caso, todo estaba debidamente justificado. La norma de Sánchez Taboada continúa aplicándose a la perfección, en el priismo y en el morenismo.

 

La historia tiene siempre que imponerse a los caprichos de los caudillos. Tiene que demostrar que aún en los peores momentos, todos debemos defendernos de las causas absurdas, de las traiciones... y de la ignorancia.

 

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