El imperio decadente al que llega Biden

Ayer más de 20 mil efectivos de las fuerzas de seguridad de Estados Unidos blindaron El Capitolio. Dentro de esa fortaleza, sólo con 400 mil banderas y el círculo cercano, Joe Biden tomó posesión como presidente. Un hecho inédito, parecido a una asunción de una dictadura latinoamericana o africana, no del ejemplo de democracia que se han autoproclamado los vecinos del norte. Había miedo, paranoia, tensiones y alertas. Es el decadente y nauseabundo imperio que recibe Biden. ¿Qué podemos esperar?

 

El 6 de enero un grupo de manifestantes de extrema derecha tomaron por asalto El Capitolio, la sede del congreso de Estados Unidos (EE.UU.), querían impedir que el poder legislativo calificara como válidos los resultados electorales en los que triunfó Biden. El saldo, 5 muertos y decenas de heridos. Las imágenes dieron la vuelta al mundo entre preocupaciones, pero también con burlas sobre el posible golpe de estado o “auto golpe” del imperialismo contra el imperialismo.

 

Con el paso de las horas se supo que hubo manifestantes fuertemente armados, que agentes infiltrados les permitieron el acceso y que algunos estaban ligados a redes de fanatismo, fascismo y hasta esclavismo. Lo que ocasionó el estado de alarma de ayer.

 

Lo que vemos es un estado grave de descomposición social. La polarización, radicalización y emergencia de la violencia son sus síntomas. Pero esto es a su vez el síntoma de otra descomposición: la económica que se ha desarrollado de manera histórica en Estados Unidos, aunque a veces de forma velada.

 

Si usamos el coeficiente de Gini, Estados Unidos es el país más desigual del grupo de países ricos. No obstante, este indicador está sesgado y limitado. Primero, porque los deciles más ricos y más pobres están subestimados en el cálculo; segundo, porque se limita a medir la desigualdad a partir del ingreso. Habría que agregar que las condiciones de desigualdad se profundizan en EE.UU. a partir de la raza, religión o preferencia sexual, visto así, sería el país más desigual del mundo.

 

El sueño americano, como imaginario construido desde mediados del siglo pasado, se ha esfumado. EE.UU. tiene más de 40 millones de pobres y al menos 6 millones viven en condiciones de miseria comparable con países subdesarrollados. Son los jóvenes los que mayormente se encuentran en este grupo, lo que genera un fenómeno que llamamos “pobreza intergeneracional”, (que quienes nacen pobres no podrán salir de esa condición a lo largo de su vida por más que se esfuercen).

 

Casi una tercera parte de los hogares de EE.UU. necesita recibir ayuda alimentaria porque sus ingresos laborales no le son suficientes. Esta tasa de dependencia estaba calculada antes de la pandemia, se estima que ahora la cifra llega al menos al 50%. Contrasta con las tasas impositivas que no permiten una mejor redistribución de la riqueza. En forma burlesca, pero real, se difundió hace 4 años que la secretaria de Donald Trump pagaba más impuestos que Trump.

 

La pandemia aceleró la descomposición. Al país más poderoso (hasta ahora lo creímos así), se le desmoronó su sistema de salud. Estados como Nueva York o Nueva Jersey colapsaron y hoy tienen una tasa de mortalidad por la CoViD-19 de dos muertos por cada mil habitantes, (la más alta del planeta).

 

¿A qué se debe todo este deterioro económico y porque le hemos llamado descomposición imperialista? El término es usado por Lenin en su estudio “El Imperialismo, fase superior del capitalismo”. La tesis principal es que el capitalismo en su desarrollo tiende a la concentración y al monopolio; a la superposición del capital financiero sobre el productivo y el fortalecimiento de una oligarquía no productiva, es decir, parasitaria. Esta hiperconcentración de la riqueza genera, por el otro lado, una mayor cantidad de pobres, polarización y violencia. El capitalismo colapsa y sobreviene con mayor facilidad una revolución.

 

No podemos dudar de que la descripción que hizo Lenin hoy es ad hoc a la realidad estadounidense. Por ejemplo, Bill Gates, es ahora poseedor de la mayor proporción de tierras agrícolas, un terrateniente al estilo porfirista en pleno siglo XXI. Los dueños de las redes sociales (actividades no productivas) son parte de los más ricos de ese país y poseen más poder político que el propio presidente. Es decir, el capitalismo parasitario está superpuesto a la economía real.

 

Por supuesto, las consecuencias son funestas. En la gráfica 1 se muestra el crecimiento del Producto Interno Bruto de Estados Unidos y China del año 2000 al 2020 (cálculo preliminar). Es muy posible que este año China rebase por primera vez el nivel de producción de Estados Unidos y oficialmente se convierta en la primera potencia. En otros indicadores ya lo ha rebasado: comercio internacional, reservas internacionales, producción manufacturera, cobertura de salud, cobertura educativa.

 

Elaboración propia con datos de Datosmacro.com. *2020 preliminar.

 

Es tan grande el poder acumulado por China que, por primera vez, un país sanciona a los funcionarios de otro (como lo hace Estados Unidos, el policía del mundo). La semana pasada, China prohibió la entrada al territorio chino a una veintena de funcionarios del gobierno de Trump, así como tener tratos comerciales con ellos o sus allegados.

 

Entonces, habría que estar alertas, según Lenin, cuando el imperialismo entra en la etapa de mayor descomposición se torna mucho más violento para defender su moribunda posición. Recordemos que Biden, aún con la careta anti-trumpista, sigue representando al imperialismo; en su historial se le ubica como precursor de guerras e invasiones. No sería extraño que llevara al pobre pueblo estadounidense a una nueva aventura militar.

 

En el 97º aniversario luctuoso de Vladimir Lenin.

 

*Profesor-Investigador Facultad de Negocios, Universidad La Salle México

Miembro del Sistema Nacional de Investigadores

Twitter: @BandalaCarlos