Cuando el periodista se cree sus propias mentiras

Muchos pintan la bonita profesión del periodismo como algo que puede cambiar al mundo, pero muchas veces el mundo termina cambiando al periodista.

 

En últimas horas, la diputada Nayeli Salvatori ha emprendido un golpeteo contra mi casa editorial, Imagen Poblana. La legisladora, que se decía periodista, no sabe ni siquiera expresarse y culpa a otros de sus propios errores verbales.

 

En fin.

 

Con profunda lástima veo que cada uno de los tuits que pone esta diputada son retuiteados o respondidos por algunos colegas, de los cuales no diré nombres porque en verdad los aprecio muchísimo.

 

Pero es doloroso ver cómo muchas veces el periodista se cree su propia mentira y de manera sistemática defiende lo indefendible o justifica las torpezas de sus “amigos” políticos, como es el caso de Nayeli Salvatori.

 

Y es que esto lo he visto en varias ocasiones.

 

Durante la campaña de 2019, una fuente confiable comentó a este columnista que el impresentable Pedro Gutiérrez tenía un grupo de reporteros a sus órdenes para golpear al candidato panista Enrique Cárdenas (como si necesitara ser desprestigiado).

 

De inmediato, uno de los compañeros que supuestamente integraba este grupo me pidió dar nombres. Insisto, los aprecio mucho como para exhibirlos, pero es la fecha que cualquier tontería que dice y publica Pedro Gutiérrez es replicada por varios colegas.

 

Lo peor es que hasta hace un par de años, un muy querido amigo me llamó por teléfono para “recomendarme” que le “bajara” a las críticas contra Gerardo Islas Maldonado. “No solo por ti, amigo, sino por todos”, me decía.

 

Obviamente, con todo el cariño que le guardo por todas las cosas buenas que hemos vivido en el mundo del periodismo, lo mandé al diablo y le recomendé que mejor le cobrara a Islas Maldonado todo ese dinero que le quedó a deber cuando trabajó para él.

 

No, estimados colegas, no estoy en contra de que apoyen a algún político. Todos, absolutamente todos, tenemos afinidad por alguna ideología. El problema es que pierdan su individualidad y se conviertan en entes al servicio de personas con poco prestigio.

 

Insisto, nombres nunca revelaré, porque para mí sí es más importante su amistad que ser el mandadero de algún político de muy medio pelo como los aquí mencionados.