Del “arriba y adelante” al abajo y hacia atrás

Falleció Luis Echeverría Álvarez y no puede pasarse por alto su papel como un político autoritario. 

 

Junto con Gustavo Díaz Ordaz reprimían, al tiempo que tendían la mano. 

 

Ese gesto del gorilato se hizo emblemático durante el inicio de la masacre de 1968. 

 

Después de ordenar que se lanzaran granadas a la puerta central de la Preparatoria de San Ildefonso –mi Alma Mater, por cierto– en su acceso por las calles de Justo Sierra y causar muertos y heridos, el patético Presidente Díaz Ordaz, aconsejado por su secretario de Gobernación, Echeverría, salió a escena. 

 

Supuestamente alentado por vocaciones democráticas y desde un acto protocolario celebrado en Guadalajara, Díaz Ordaz dijo que él tendía su mano al movimiento estudiantil, en un pretendido llamado al diálogo con quienes para ese momento ya eran cientos de dirigentes. 

 

La represión había detonado los resortes de inconformidad de una juventud que no conocía la capilaridad política, ni el respeto al ejercicio de las libertades cívicas. 

 

Tras todo ello, Echeverría Álvarez jugaba a la sucesión presidencial con la sangre y la libertad de cientos de inocentes. 

 

Los consejos de huelga proliferaron al interior de las facultades de la UNAM y de las escuelas superiores y vocacionales del IPN. 

 

Echeverría había querido enfrentar a las dos instituciones, por un conflicto menor acaecido afuera de la escuela preparatoria Isaac Ochoterena, en las inmediaciones de la Secretaría de Gobernación donde se alojaba ese personaje siniestro. 

 

Y las consecuencias hoy todos las conocemos. 

 

Y las lamentamos, todavía. 

 

 

El rencor, una de sus características 

 

 

LEA tenía en el poder apenas dos semanas. 

 

Con la renuncia en la mano, el secretario de Gobernación tragó saliva. Tendría que encararse con el Presidente con una mala nueva que iba a desestabilizar al país, provocar una profunda crisis política y descomponerle el cuadro de la sucesión, a unos días de haber protestado el cargo.  

 

En aquel tiempo no se le podía renunciar al todopoderoso Presidente. 

Se trataba de un hombre acomplejado y frenético. 

 

Según Gabriel Zaid, Luis Echeverría Álvarez tenía el síndrome de la bicicleta, era “hipercinético”, hasta entonces una palabra desconocida. 

Era un verbo motor, logorreico. 

 

En las juntas de quince horas con su gabinete no se paraba al baño una sola vez y se quedaba dormido con los ojos abiertos por una técnica de budismo zen aprendida para sorprender a incautos. 

Todo en él era artificial.  

 

Parecía que en su loca carrera contra el tiempo, a sus casi 49 años, luchaba desesperadamente contra la imagen de sí mismo.  

 

Había tenido que aguantar muchas malpasadas, maltratos y regaños ‎groseros de Gustavo Díaz Ordaz, apechugados durante doce años para convencerlo de que era un burócrata obediente.  

 

Quizá siempre recordaba lo que había escrito Julio César desde Las Galias en una carta: “Soy igual o peor que cualquier ser humano, pero aventajo a todos en obediencia y en la capacidad de eliminar a los demás ‎…”.  

 

Echeverría había fingido demasiada lealtad, por demasiado tiempo. 

 

Encararse a Echeverría Álvarez no era algo menor.  

 

Estaba decidido a la explosión neurótica en cualquier momento.  

 

Nada podía interponerse en su afán de dominio absoluto.  

 

Por menos, había decidido borrar del mapa a los contrarios.  

 

El secretario de Gobernación, trece años más joven que él, se decidió a pasar al despacho de lo que fuera la Residencia Alemán de Los Pinos y le entregó, sin más preámbulos, su renuncia al cargo que le había encomendado 15 días antes.  

 

Mario Moya Palencia había manejado toda la campaña de Echeverría.  

 

Desde que lo designó Subsecretario A de la dependencia, el 1 de agosto de 1969, se había rodeado de hombres inteligentes para apuntalarlo como digno candidato a la mano de Doña Leonor.  

 

Moya cambió el rostro de la Secretaría. Si antes se distinguía por ser el templo de la intriga, la tortura y la ambición, convirtió al Palacete de los Covián en una catedral política de las ideas frescas, de una clase nueva de dirigentes prestigiados. 

 

 

Actuó como dueño del perro y del mecate 

 

 

La campaña de Echeverría fue diseñada y operada con una cierta retrospectiva. Debía significar, desde los discursos y las agendas, el arribo de una nueva generación, inspirada por el cambio. De la camada de los que estaban inconformes con los dinosaurios de la matanza de Tlatelolco.  

 

Moya Palencia era el hombre indicado para transmitirle ese mensaje a la población. La gente le creía. La clase media –hoy en extinción– se le había entregado. Era el único en el gabinete que despertaba simpatías y esperanzas.  

 

— Pero ¿cómo, muchacho‎?, siéntese, respire hondo. ¿A qué se debe todo esto? ¿Lo he tratado mal sin darme cuenta? ¿Acaso no lo he apoyado en todo lo que me ha propuesto? Le he encargado la cartera más difícil de mi gobierno y estoy satisfecho con lo que ha demostrado…  

 

“.‎.. igual por su desempeño cauteloso como virtual jefe de mi campaña presidencial… usted sabe que los muchachos aldeanos que traía en el autobús eran de “a mentiritas”, las negociaciones y el manejo electoral siempre lo tuvo usted…” 

 

Al explicarle las razones, el secretario de Gobernación no tuvo más remedio que decirle que su esposa y pequeños hijos necesitaban tiempo y dedicación. A lo que el investido reaccionó jurándole su amistad y comprensión, preguntándole si la renuncia la había comentado con sus colaboradores. 

 

Allí clavó “la pica en Flandes”…  

 

“Hizo bien –dijo con voz grave LEA–, lo hubieran tomado como un acto de deslealtad y de ingratitud… la gente anda entusiasmada, lo ven como un prospecto muy serio ‘para después’… debe usted pensarlo… llévese a su familia el tiempo que quiera y cuando lo decida, aquí está su amigo…”.  

 

El secretario no tuvo otra que aceptar la orden presidencial –-aquellos eran seres de una reverencia institucional de antología–, pero cuando abandonó la residencia oficial, Echeverría hizo el coraje del inicio de su administración. ‎ 

 

 

Se desbordó su intolerancia.  

 

Se desató su despecho.  

 

Puso bajo lupa al renunciante y a su familia.  

 

Nunca le perdonaría haber osado enfrentarlo de ese modo.  

 

Todo su aparato de “inteligencia” para buscar los afanes, descubrir los talentos, envidiar su armonía familiar… entonces, el Presidente era el dueño del perro y del mecate.    

 

 

Moya Palencia, inteligencia y simpatía 

 

 

La verdad era que el ministro era un hombre más brillante que el Presidente. Su desempeño, con el hombre y sus gobernadores en contra, fue de excepción. Cada vez que aparecía en público era recibido con aprecio, con aplausos constantes a su inteligencia. Todo mundo quería saludarlo. Lo conocían hasta los perros. En la calle, aunque fuera de lejos, taxistas, materialistas, viejitas con bolsa de mano, guapas transeúntes, jóvenes desmadrosos… todos querían expresarle hasta su admiración.  

 

Generaba una fiebre espontánea, un júbilo popular. Tenía una figura chistosa, regordeta, cachetona, cercana al pueblo. Mofletudo, simpático, sangre ligera, sonrisa a flor de labio… comentarios inteligentes sobre los sucesos, de los cuales siempre se aprendía algo.  

 

Cuando murió Jesús Yurén, jefe de la CTM en el Distrito Federal, las turbas de los 40 líderes seccionales tomaron las calles, reclamando para sí el liderazgo.  

 

No había cómo solucionarlo.  

 

Sólo a él se le ocurrió la genialidad que el momento requería.  

Sugerirle al Presidente que se abriera la caja fuerte del viejo líder para sacar el “pliego de mortaja”, donde seguramente estaría apuntado el nombre de su sucesor.  

 

Igual que lo hubiera hecho un faraón o un príncipe de la antigüedad.  

Y así fue. Cuando el documento –que señalaba al yerno del viejo, Joaquín Gamboa Pascoe como sucesor “legítimo”– fue mostrado a los 40 líderes, todos guardaron sus ambiciones, disciplinaron a sus huestes y la paz volvió a reinar en la capital nacional.   

 

Así se hacía entonces la política. 

 

Vale recordarlo ahora que ha muerto, con 100 años a cuestas, el sucesor de Gustavo Díaz Ordaz.