Un “estate quieto” a un exdiputado

Amable lector, llegó otro “adivina adivinador” a este bonito espacio que me hace favor de leer.

 

Le cuento lo que me contaron para que usted adivine a los protagonistas.

 

Sucedió en un restaurant bar de la zona de Angelópolis, de esos que frecuenta la clase política con poca clase y déjeme decirle que el “código postal” muchas veces no lo pueden ocultar los protagonistas de esta historia.

 

Echando trago en el mismo lugar estaban cierto “espadachín” priista que presume haber participado en Juegos Olímpicos, aunque en realidad más tardó en bajarse del avión que en regresarse a México, y un exdiputado que se refugió en el expartidazo soñando con ser nuevamente alcalde de un municipio donde todo mundo lo desprecia.

 

Es decir, dos priistas de muy medio pelo estaban bebiendo y conviviendo, combinación explosiva cuando ambos no tienen bien aprendidas las artes del respeto mutuo, sobre todo en el tema del trato a las damas.

 

Pues resulta que el “espadachín” estaba con su nueva conquista (Sí, yo tampoco sabía que ya no tenía relación con la hija de cierta exalcaldesa, lo que me lleva a felicitarla por ya no tener que cargar con este lastre), mientras que el exdiputado, con unos tragos encima, ya se sentía todo un “Don Juan”.

 

Quien me contó esta historia jura que no sabe cómo comenzó el problema, pero de repente la dama que acompañaba al “espadachín” le aventó un trago en la cara a este exdiputado que quería ser edil de Tlachichuca (Ups, se me escapó).

 

Todos se sorprendieron y antes de que el este impresentable exlegislador abriera los ojos tras recibir la bebida espirituosa en su recién exfoliada cara, el “espadachín” propinó un par de certeros puñetazos que mandaron al susodicho expanalista y ahora priista al suelo, todo ante la mirada atónita de los clientes del lugar.

 

Lo anterior me pone a pensar que tal vez el “espadachín” equivocó la disciplina deportiva y mejor debía participar en Atenas 2004 (Ups, también se me escapó) en box o en Taekwondo, pues se ve que tiene la mano pesadita.

 

El testigo presencial que me contó esta bonita historia lamentó que todos se pararan en el momento del par de puñetazos, pues solo logró ver que el exdiputado se retiró del lugar, sin poder confirmar si salió llorando, lo que parece que es lógico.

 

En fin, si adivina quiénes son los protagonistas de este “bonito” y muy “priista” momento, le invito unos taquitos árabes de 3 por 25 pesos del Paseo Bravo.