La suerte de los no olvidados en el Cereso de San Miguel

Foto: Enfoque

Principalmente mujeres son las que diariamente vemos haciendo fila para entrar al Cereso de San Miguel y dejarle comida y algunos artículos de primera necesidad a algún familiar que tienen encarcelado.

 

A estos internos les dicen los afortunados, pues su familia no los ha olvidado y continúa llevándoles cosas para hacer más llevadera su prisión, entre ellas la comida, que resulta ser un alivio para estas personas.

 

Estar en una cárcel implica la pérdida de muchos privilegios y aunque muchos los cuestionen, principalmente quienes han sido víctimas de algún delito, los reos también deben recibir comida y otros servicios considerados derechos humanos.

 

Dentro del Cereso de San Miguel, al comedor se le conoce como "El Rancho", que está operado por una empresa subcontratada por la Secretaría de Seguridad Pública Estatal, para proveer de alimentos a los centros penitenciarios.

 

"El Rancho" no se espera que sea ni cercano a un restaurante o a un comedor industrial, pero a pesar de que el Gobierno del Estado ha hecho esfuerzos por mejorar la calidad de los alimentos, la realidad es que se sigue viendo como el comedor de una cárcel.

 

Aunque los afortunados que reciben alimentos de sus familiares podrían parecer muchos, no es ni el 10 por ciento de la población carcelaria, por lo que la mayoría de los presos come en "El Rancho", cuya comida no tiene costo, pero tampoco hay complacencias.

 

Fuentes consultadas por este reportero en el penal de San Miguel confirman que el menú es y ha sido el mismo por los últimos años: un guisado acompañado de un pedazo de pan y té sin endulzar para desayunar; caldo de frijoles y algún guisado variado, a veces soya o pollo y agua de sabor sin endulzar, para la comida; mientras que en la cena puede haber algún guisado diferente al de la comida, aunque a veces es el mismo, así como un vaso de té o atole.

 

¿Por qué critican la comida? Al ser un comedor carcelario, no hay oportunidad de quejarse; según algunos internos, el sabor de la comida es malo, sin sabor y sobre todo es escaso, pues a veces las porciones no son suficientes y obligan a buscar algo más para llenar el estómago.

 

El mercado negro dentro de las cárceles del país, incluyendo las de Puebla, permiten que algunos presos tengan una parrilla eléctrica para calentar comida o incluso comer carne, aunque la renta de la parrilla cuesta.

 

Las personas que llevan comida a sus familiares también deben de pagar por la corrupción de algunos malos policías, pues el acceso al penal cuesta y es de 20 pesos, que se pagan exclusivamente en billete, no se aceptan monedas.

 

Asimismo, llevan demasiada comida para que sus familiares puedan comer, pero también para "dejarles un taco" a algunos policías que lo piden, además de un extra para que su familiar lo intercambie o venda por otro servicio, como puede ser el agua potable.

 

Es así que las personas que llevan comida a presos, abnegadas o no, tienen motivos para desfilar con sus bolsas con viandas en la puerta del Cereso de San Miguel.

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