La fe guadalupana vibra en cada poro de la piel de los fieles a la Virgen del Tepeyac, familias enteras avanzan entre murmullos de oración; parejas y devotos solitarios se abren paso a pie, en sillas de ruedas o de rodillas, entregando cada movimiento como ofrenda. Los más pequeños, vestidos de San Juan Diego o con trencitas y rebozo como inditas, caminan de la mano de sus padres, ajenos al cansancio, pero atentos a la solemnidad del momento.
El Seminario Palafoxiano se convierte, desde temprano, en un refugio de fervor, ahí llegan los fieles a visitar la imagen de la Virgen de Guadalupe, a encender velas, a agradecer milagros o a pedir consuelo. Entre las paredes el eco de los cantos y el aroma a cera tejen un ambiente donde la tradición y la devoción se encuentran sin reservas.
A las afueras, la celebración toma otra forma, cientos de puestos enmarcan la jornada con una verbena que late al mismo ritmo que la devoción. Juegos mecánicos que giran entre risas, puestos de antojitos donde el aroma a elote, pambazos y buñuelos se mezcla con el incienso, y mesas repletas de prendas, recuerdos y artículos religiosos completan el paisaje. Todo convive en una misma estampa, la fiesta popular que acompaña a la llamada Reina de México y Emperatriz de América, donde la fe se expresa tanto en oraciones como en las luces de feria que iluminan el lugar.
En Imagen Poblana hicimos un recorrido para conocer de cerca la fe de quienes asisten a esta celebración. Caminamos entre los peregrinos, conversamos con ellos, con aquellos que año con año regresan para agradecer un favor cumplido o que acuden por primera vez, o con adultos mayores que mantienen viva una tradición heredada.
Su voz revela que esta fiesta es más que una costumbre, es un acto profundo de identidad y esperanza que se renueva con cada paso hacia la virgen morena.
“Le tengo mucha fe, porque ella nos protege, nos da salud, nos da tranquilidad, paz. Para nosotros es nuestra madre del cielo”, cuenta una feligresa que, año con año, regresa para cumplir su promesa.
Con profunda emoción explica que su petición es siempre la misma: salud para toda su familia, pero sobre todo para sus nietos, a quienes encomienda bajo el manto de la Guadalupana.
"Soy muy devoto de la Virgen y siempre ha estado con nosotros”, expresa un padre de familia mientras sostiene sobre su brazo a su pequeña hija. Asegura que acude cada año para dar gracias por los favores recibidos, una tradición que, dice, espera heredar a su bebé.
Para otro padre de familia, la tradición tiene un peso profundo, "como tradición católica es bastante importante, porque es la madre de Dios y, en este caso, nos representa como mexicanos”, explica.
Cuenta que su fe nació en casa, inculcada por sus padres, y que con los años no hizo más que fortalecerse; ahora, asegura, es su turno de transmitirla, "la fe que me inculcaron desde niño es la que ahora comparto con mi familia”.
Su petición, dice, es la misma cada 12 de diciembre: “Que nos cuide, nos proteja, interceda ante Dios para que estén bien”.
La celebración guadalupana volvió a demostrar por qué permanece como una de las expresiones de fe más profundas en México. Cada testimonio, cada paso y cada ofrenda revelan que la devoción a la Virgen del Tepeyac sigue viva, atravesando generaciones y adaptándose a los nuevos tiempos sin perder su esencia.