En estos días se ha incrementado la conversación sobre la regulación de dispositivos móviles entre menores de edad, por todos los trastornos que provocan no solo en su desarrollo cognitivo-conductual sino en su relación con su entorno personal y social y de lo cual ya expuse aquí desde hace un par de colaboraciones.
Hoy quiero poner énfasis en la contaminación lumínica a la que estamos expuestos todo el tiempo, sin descanso, no solo los menores de edad, sino también los adultos y con más intensidad.
Cuando se han anunciado fenómenos extraordinarios en el cielo, de inmediato viene la recomendación de los astrónomos y especialistas: si quiere disfrutar del avistamiento de los planetas, de la lluvia de estrellas o cualquier otro espectáculo de la naturaleza, vaya a un lugar apartado de la ciudad con poca iluminación.
La sobre iluminación es una alteración endocrina y ecológica masiva. Nos estamos privando de la oscuridad que representa un recurso biológico fundamental para la regeneración celular, la prevención de enfermedades y el equilibrio del ecosistema.
Si bien es cierto que un buen sistema de alumbrado público es una herramienta importante para brindar seguridad a quienes caminan por las noches de regreso a sus hogares e incluso un signo de progreso en las ciudades y las comunidades, en casa podemos empezar a hacer la diferencia y generar una buena higiene de luz artificial.
Estudios publicados en la Gaceta de la UNAM a partir de estudios de Raúl Aguilar Roblero, investigador de la División de Neurociencias del Instituto de Fisiología Celular de la máxima casa de estudios de nuestro país (por cierto, hoy en el ojo del huracán), explica que la intensidad lumínica, no solo de las pantallas como televisión y dispositivos móviles, sino de anuncios públicos, están causando graves alteraciones en el sueño, por ejemplo, pues esa exposición inhibe la producción de melatonina (hoy tan buscada en farmacias y tiendas en línea) hormona encargada de regular el ciclo del sueño-vigilia, desencadenando trastornos y modificaciones al funcionamiento cerebral que repercutirán en otros problemas de salud como la depresión, insomnio, diabetes, hipertensión arterial e incluso algunos casos de cáncer.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce las alteraciones profundas del ritmo circadiano que es nuestro reloj biológico que regula todos los procesos orgánicos de los seres vivos, provocado por el exceso de luminiscencia, especialmente la luz azul que emiten las pantallas, como un factor de riesgo para la salud humana.
El problema adquiere proporciones epidémicas cuando revisamos las cifras globales. De acuerdo con el Nuevo Atlas Mundial de la Contaminación Lumínica, más del 80% de la población mundial —y más del 99% de los habitantes en regiones urbanizadas de Europa y América— vive bajo cielos artificialmente iluminados. Una tercera parte de la humanidad es ya incapaz de ver la franja de nuestra propia galaxia a simple vista.
Pero eso no es todo, a este impacto humano se suma el colapso que provocamos en los ecosistemas urbanos y periurbanos. La luz nocturna funciona como una trampa ecológica mortal: desorienta a miles de especies de aves migratorias que navegan guiándose por las estrellas, extermina a poblaciones enteras de insectos polinizadores nocturnos y altera los periodos de reproducción de la fauna local.
La evolución en la iluminación de las ciudades esperemos verla pronto para reducir también estos impactos en nuestro entorno, mientras tantos, hagamos lo que sí podemos controlar.
Cuidar la oscuridad es cuidar nuestro corazón, nuestro sistema inmunitario y la biodiversidad que sostiene nuestros entornos y la solución está en nuestras manos, literal. Apaguemos el celular y la televisión al menos una hora antes de dormir para que nuestro cuerpo haga su trabajo de regeneración celular y fomentemos mejor una charla familiar que termine con un cálido abrazo.
¡Vamos a hacerlo diferente!