México tiene 130.9 millones de habitantes y hasta ahí fue el reporte de diversos medios de comunicación, sin embargo, si nos descuidamos, ahí se quedará atrapada la conversación pública. Hoy la verdadera relevancia de la Encuesta Intercensal 2025 del INEGI no radica en saber cuántos somos, sino en entender quiénes somos hoy.
Detrás del dato masivo hay una metamorfosis innegable: envejecemos, las familias se reducen y la escolaridad aumenta. Lejos de leer esto como una condena o caer en el optimismo desmedido, la transición demográfica debe entenderse como lo que realmente es: un cruce de caminos crítico. Es la oportunidad de ajustar cuentas con rezagos históricos antes de que la ventana de oportunidad se cierre.
La edad mediana llegó a los 32 años, por tanto la etapa de la extrema juventud quedó atrás, dando paso a una población con mayor madurez y experiencia. Esto no es un problema en sí mismo, pero la oportunidad solo se concretará si logramos construir sistemas de salud y pensiones sostenibles. Un país más adulto puede ser un país más estable y productivo, siempre y cuando la infraestructura no se quede atrapada en el pasado.
En el ámbito educativo hay noticias alentadoras que exigen un análisis cuidadoso. La escolaridad promedio pasó de 9.7 a 10.3 años entre 2020 y 2025, y el analfabetismo bajó al 3.7%. Es una ganancia real: tenemos la generación más escolarizada de nuestra historia, sin embargo, el avance nacional convive con brechas regionales profundas. El verdadero potencial de estos datos no se alcanzará solo matriculando a más jóvenes, sino garantizando que la educación responda a las exigencias del mercado actual y sirva como un motor de movilidad social para reducir la desigualdad.
En los hogares el panorama también se reconfigura. Con 39.7 millones de viviendas particulares y un promedio de 3.3 habitantes por casa, la estampa de la familia numerosa le cede el paso a hogares más pequeños. Esta dinámica nos ofrece la oportunidad de repensar la planificación urbana, el transporte y la oferta de vivienda bajo criterios de movilidad eficiente y calidad de vida, dejando atrás modelos de desarrollo pensados para dinámicas poblacionales que ya no existen.
La brecha de participación económica entre hombres y mujeres sigue siendo amplia, pero ahí reside precisamente el mayor margen de crecimiento del país. Esta disparidad señala la oportunidad económica más potente de las próximas décadas: integrar plenamente el talento femenino. Para lograrlo, la crítica es clara: se requiere infraestructura de cuidado, empleos compatibles con la vida familiar y una corresponsabilidad real que elimine los frenos estructurales.
El INEGI nos entrega una hoja de ruta hacia 2030, porque la información permite identificar con precisión dónde están los vacíos para intervenir a tiempo. México todavía conserva una base productiva en un momento estratégico, cuenta con una fuerza laboral más capacitada y tiene la posibilidad de integrar a millones de mujeres a la economía formal.
Los datos no son un pronóstico trágico ni un triunfo garantizado; son una llamada a la acción. El cambio demográfico ya ocurrió, por eso la pregunta que queda sobre la mesa es si nuestras decisiones e instituciones estarán a la altura para transformar estas tendencias en un desarrollo real y duradero.
Todavía tenemos un margen de maniobra, conservamos una base productiva sólida, una generación más educada que las anteriores y millones de mujeres listas para dinamizar la economía si les damos las condiciones adecuadas. Pero las oportunidades no ocurren por inercia, los números no son una profecía: el México que viene no se parece al que conocimos. Es hora de dejar de preguntarnos cuántos seremos y empezar a resolver cómo vamos a vivir.
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