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A golpes de razón

Cuidado, hemos trivializado la muerte

Miguel Ángel Cordero

Veo un video en redes sociales que muestra a un pequeño feliz, nervioso. Dice, en inglés, que es el mejor cumpleaños de su vida. Sus dientes no se han terminado de formar. Tiene, aún, la sonrisa de los pequeños.

 

Howard está muerto. Falleció calcinado tras un ataque cometido por integrantes del crimen organizado. El rafagueo mató a nueve personas: tres mujeres, tres niños y tres bebés.

 

En lo que va del Gobierno Federal actual, han sido asesinadas 53,628 personas. De estas, más de 5,800 son mujeres y 1,800 son niños.  La tasa de asesinatos duplica a la de la administración de Felipe Calderón, en el mismo periodo.

 

Pero acá viene la cuestión: ¿la repetición de muertes ha causado una insensibilidad social? Creo que sí.

 

De pronto, videos como el del abuelo de Howard nos golpean en el pecho y nos hacen recordar nuestra humanidad. El pequeño que sonríe murió con pavor a causa del ataque de los monstruos del México bronco que tenemos.

 

¿Dónde está el origen de la violencia, la raíz del mal y la causa de esta deshumanización?

 

La violencia forma parte de un problema más complejo que el que se enfrenta con armas. Claro que es necesario una actuación policial más enérgica y estratégica, pero el origen de la agresión está en lo más profundo de los defectos humanos: la ausencia de empatía.

 

Un debate antiguo es si el hombre es naturalmente bueno o esencialmente malo. Incluso, el libro “Diálogos en el Infierno” aborda esta cuestión. Sin embargo, la ciencia ha superado a la filosofía platónica.

 

De inicio es válido considerar que el ser humano tiene una agresividad natural que proviene de la propia selección natural, inherente a los mamíferos. Claro que en el caso de los criminales como los asesinos de la Familia Le Barón el grado de violencia es mayor, más destructivo, sin rastros de compasión.

 

La mayoría de las investigaciones psicológicas y psiquiátricas coinciden en un punto, respecto a los asesinos, su ausencia para sentir empatía. Y esta ausencia puede deberse a factores genéticos o sociales.

 

Los sicarios de los narcotraficantes obedecen a esta segunda condición. El trato tan inhumano que les ha dado la vida -una historia de violencia familiar y agresividad- les ha llevado a sobrevivir de la única forma que pueden: asesinando.

 

El contexto en el que crecen, entre corridos de narcotraficantes, pobreza y vicios, les orilla a abandonar su humanidad para sobrevivir. Con el tiempo, el niño halcón -término que describe a un pequeño que da información a los criminales en las zonas de guerra- se convierte en gatillero y luego en un sicario desalmado capaz de atacar una camioneta con mujeres y niños.

 

Haciendo una analogía, este gatillero puede ser México. En el pequeño halcón se va normalizando la violencia, los homicidios no solo son comunes, sino que forman parte de la construcción de identidad del jovencito. Después de años de ver estos violentos homicidios encuentra en la agresividad de cometerlo su propia identidad. Por eso los narcotraficantes han creado códigos incluso para matar. La dignidad humana deja de existir y el cuerpo de una persona es ahora un vehículo de comunicación.

 

México es ese halcón que se convirtió en sicario. Los asesinatos cometidos por criminales escandalizaban a la audiencia televisiva, aunque también generaban una insana morbosidad. Los casos lejanos de “el Mochaorejas” y de “la Mataviejitas” causaban horror. Pero, con la guerra contra el narco, comenzaron a ocurrir más homicidios de los que se podían relatar. Números y números de homicidios llenan las páginas de diarios y los noticiarios de medios de comunicación masiva.

 

El escándalo desapareció para dejar pasar a la curiosidad, la curiosidad cedió su lugar y la indiferencia y hoy ya no hay capacidad de la sociedad mexicana para volver a sentir empatía.

 

Nos es difícil imaginar, con cada número señalado en alguna rueda de prensa, al pequeño llorando por su padre que no regresó, a la madre destruida por su niña acribillada o, ahora en el caso de la crisis de COVID-19, solo vemos las ridiculeces de Hugo López Gatell sin considerar que en realidad estamos olvidando nuestra humanidad y la muerte se ha transformado en trivialidad.

 

El finado Carlos Monsiváis decía que el mexicano, para ser feliz, tenía un pacto de olvido permanente con la muerte. Pero cuando la recordamos, lo hacemos con fiesta o risas, como en las celebraciones de muertos. Más la trivialización de la muerte, como ahora ocurre, es grave porque obedece al mismo fenómeno del pequeño halconcito.

 

Si como sociedad no estamos dispuestos a regresar a nuestra humanidad, a llorar con los muertos del prójimo, a rabiar con el homicidio del pequeño Howard y de otros 1,800 pequeños, estamos condenados a convertiros en una sociedad de sicarios. Ya está pasando y por ello la norma de comportamiento social es la violencia. Solo chequen las contestaciones a temas polémicos en sus líneas de tiempo de redes sociales.

 

Estamos perdiendo nuestra humanidad.

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